CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall
Noviembre 2006
Capítulo 4
LA MAREA
Mi tesis, mi convicción, no sólo
creencia, y mi pasión están contenidas en esta breve
frase: puedes confiar en la marea. He pasado los últimos
15 años analizando, probando, trabajando con y enseñando
la verdad de esta declaración.
Actualmente, aproximadamente 120 años después de que
Sutherland expresara originalmente esta afirmación, voy
a intentar explicar dónde he estado y a lo que he
llegado hasta ahora. Tomemos esto despacio y empecemos
por el principio. Oí esta frase por primera vez cuando
me estaba formando como terapeuta craneosacral con
Franklin en Karuna.
Puedes confiar en la Marea. Empecé a
pensar: “¿Qué Marea y qué significa “confiar en”? La
palabra confiar era la importante. ¿Significa confiar
“trabajar con”, manipular de algún modo o dirigir hacia
una lesión? ¿Por qué Sutherland eligió la expresión
“confiar en”? Llegué a creer que era suficientemente
independiente para saber qué quería decir y que si había
dicho confiar, eso es lo que quería decir literalmente.
Eso significa que es otra persona o cosa la que hace lo
que tenga que ser hecho.
En cuanto a la Marea, no asumí que
Sutherland estaba intentando decir que el Impulso
Rítmico Craneal o IRC, como lo conocemos, era la fuente
en la que podíamos confiar tan devotamente, y pensé que
ni siquiera se sugería que la Marea Larga, con la que
muchos de vosotros ya estáis familiarizados, era la
energía motivadora de toda vida, pues éstas son, después
de todo, objetos de nuestra conciencia, no el fundamento
subyacente de nuestra conciencia.
Llegué a creer que en realidad estaba hablando de la
hipótesis de que hay una Inteligencia que no es parte de
la estructura egóica personal e individual, que no está
sujeta al intelecto, en la que se puede confiar
absolutamente.
Shakespeare dijo:”Hay una Marea en los asuntos de los
hombres, que tomada en su rebosar, conduce a la
fortuna.” Ni siquiera esto es “la cosa”, aunque se le
acerca más. Implica que hay “otro”.
Esto hace surgir un gran conflicto:
si hay “otro” en el que confiar, qué lugar ocupo yo en
todo esto. ¿Cómo sabré lo que eso otro está haciendo,
cómo sabré lo que le está ocurriendo al paciente?
Supongamos que algo va mal y me demanda, ¡en este país
abundan los litigios! Veis lo que está pasando aquí, el
viejo y pobre ego personal ya se lo está pasando mal, se
está poniendo muy ansioso.
Podríamos ir más allá: “Tenemos que tener límites, no
puedo saber lo que estoy haciendo. ¿Cómo explico lo que
estoy haciendo? Esto no es científico y, lo mejor de
todo, tengo que estar presente, plenamente presente en
todo momento. ¡Recuerdo que Mike dijo eso! Mike Boxhall,
quiero decir, no Michael Shea, que está perfectamente
cuerdo.
¡Vaya! ¡Ahora no se puede confiar en nadie, ni siquiera
en mí!
No es para tanto. Lo que tenemos que hacer ahora es
analizar qué significa estar presente en este contexto.
A lo que me refiero con estar
presente es tener la mente aquietada, simplemente notar
lo que surge sin apegarse a ello de ninguna manera.
No hacer juicios respecto al significado de lo que
surge. Simplemente notar lo que es. Si no nos apegamos
al significado, el fenómeno pasará y lo más probable es
que otro tome su lugar. Después otro, y otro, y los
reconocemos todos y los dejamos pasar y, a veces,
durante un rato, no surgirá nada y sólo habrá conciencia
vacía, vacía de todo objeto, y de ese vacío surge un
nuevo objeto.
El movimiento surge de la quietud y nada va realmente a
ninguna parte. Ello simplemente es, en movimiento. En
este momento hay una unificación de todo lo que alguna
vez fue, y esto que surge es su expresión ahora mismo.
El Espíritu toma forma y nosotros, como testigos,
estamos en práctica compartida con esa forma.
Éste es, por tanto, el dramático despliegue de la
Terapia Craneosacral Biodinámica.
Esto es la introducción, el prólogo; ahora examinemos
esto un poco y dividámoslo para llegar a algo más
expansivo.
Todos los objetos vienen y van, ¿cierto? Algunos tardan
más en irse que otros. El Everest, el planeta, mi vecino
que toca rock duro… pero antes o después todos se van, y
eso es lo que todas las cosas, y pensamientos y
sentimientos, tienen en común. ¡Todos se van! Yo me iré,
no sé cuando, quizá ya estoy más allá de mi fecha de
caducidad, pero en algún momento me iré. Y esto es lo
más importante, cualquier cosa que haya venido a la
forma como yo, vendrá a la forma como alguna otra cosa,
antes o después. Cuando las condiciones sustenten otra
forma, se creará otra forma. Es un proceso sin principio
ni fin. Sin causa, sólo revelación.
No puedo evitar reírme de mí mismo por intentar ser
lógico. No es lo que mejor me sale, y creo que en el
modelo de Jung, yo probablemente soy un intuitivo, al
menos eso es lo que intuyo, pero debo intentar ser
lógico para no ser unilateral.
Mi lógica es que cuanto más puedo objetivizar todo,
incluyéndome a mí mismo, más cerca estoy de lo
inexpresado, de lo no-dual, de aquello de lo que surgen
los objetos, del Sujeto.
Hacia donde voy es que si todo es, en cierto sentido, no
concreto e impermanente, incluyéndome a mí mismo,
entonces también son impermanentes la enfermedad, el
sufrimiento y el malestar. Si esto es así, entonces,
¿qué herramienta voy a usar para producir alivio?
Claramente mi intelecto, no sólo impermanente, sino
también limitado, sólo puede contener una respuesta
parcial. Es decir, por supuesto, a menos que pretenda
ser omnisciente y saberlo todo. Lo mejor que puedo
hacer, en esta forma, es tomar mi limitado conocimiento
y aplicarlo a mi limitada evaluación, llámale
diagnóstico, y esperar un resultado limitadamente
benéfico.
Sigo dándole vueltas a este pensamiento, y eso me lleva
a tomar conciencia de que, a menudo, ni siquiera el
cliente sabe la causa de lo que le pasa. Esto complica
el problema.
Sin embargo, esto es con lo que trabajamos todo el
tiempo, ¿cierto?
Estamos condicionados, pienso, a pensar que éste es el
único camino posible.
Actualmente yo tengo un punto de vista ligeramente
diferente, no tan absoluto, y lo ofrezco como una
invitación para considerar que posiblemente hay otra
perspectiva que examinar.
Siguiendo el modelo de Groucho Marx, que dijo en una
ocasión: “Nunca me haría socio de un club que me
aceptara como miembro”, suelo ser muy cuidadoso respecto
a quién tiene acceso a mi sufrimiento. Mi sentido de
insatisfacción. Que, según observo, también es
impermanente. A veces, de hecho, todo es perfectamente
satisfactorio.
Supongamos que simplemente me aparto del camino y dejo
que el Espíritu o la Inteligencia, a diferencia de mi
intelecto, hagan el trabajo. Conseguir que la patología
del sistema esté en un estado de mayor adaptación. Dejar
de sufrir de lo que son, en efecto, experiencias de vida
mal digeridas. Sería superinteligente dejar que la
Inteligencia hiciera el trabajo en lugar de confiar
únicamente en mi intelecto y conocimiento parcial.
En mi opinión, esto abriría la posibilidad del
renacimiento, ahora mismo, en el presente, a una forma
que ya no está modificada por las experiencias de vida
no digeridas. Tengo la creencia, y hasta cierto punto
experimento, que el renacimiento no sólo es lo que
ocurre cuando me caigo de la rama, sino más bien,
combinado con la conciencia, lo que está ocurriendo
ahora mismo, en el presente. Como dijo Aldous Huxley,
“En realidad no hay vida fuera de la vida de
experiencia”. Reverenciemos la experiencia, no sólo la
teoría o el concepto.
Dejadme que tome un momento para leer un poema, después
volveré a cómo trato de apartarme del camino de la
Inteligencia y dejarle que haga el trabajo.
Quien
verdaderamente soy
Sin principio, sólo proceso.
El Espíritu reencarna.
Nacimiento y Vida.
El encuentro del despliegue y la experiencia.
Capa sobre capa de ilusión.
Yo he devenido y he olvidado.
Ayer fue y mañana será, o al menos eso parece.
No ahora.
Una marea hay,
Después un océano.
Debajo de las olas,
Sólo hay quietud.
La Madre.
Pura conciencia,
Y recuerdo quién soy.
El Océano se mueve.
Sólo hay proceso.
Hay un amable grupo de gente que ha crecido alrededor
del curso que estoy enseñando en Carolina del Norte.
Intercambiamos muchas preguntas e intercambiamos muchos
intentos de respuestas. Es una práctica verdaderamente
compartida.
Parte de lo que sigue surgió de una cuestión reciente de
uno de los miembros al resto de nosotros:
“Quiero intentar abordar esto y es algo que hace surgir
todos los temas de los que hemos estado hablando, y es
posible que me ayude a entender un poco más lo que he
estado tratando de exponer”
Enfoquémonos por un momento en el desastre del Golfo y
veamos qué surge directamente de eso:
Además de ser un desastre, que lo es, para cientos de
miles de buenas personas; es casi insoportable pensar en
el sufrimiento de los que lo han perdido todo: familia,
hogar, posesiones, y lo que es peor, la esperanza y la
confianza; es una crisis global. Enfoquémonos en Nueva
Orleáns.
Una crisis es un punto de inflexión. No estoy hablando
únicamente del precio del petróleo y el efecto “bola de
nieve” que tiene, sino de una crisis de confianza en lo
que hemos llegado a creer que es el orden natural de las
cosas. E incluso llegamos a dudar de la decencia,
compasión y buena vecindad de la gente cuando las cartas
vienen mal dadas para algunos.
La crisis que ha recorrido el mundo es: ¿En quién
podemos confiar cuando tenemos problemas?
El 11 de septiembre fue diferente; nosotros creamos un
enemigo y tomamos el punto de vista de que teníamos que
aprender a defendernos mejor del enemigo, de ese objeto
que está ahí fuera. Nos agrupamos para conseguirlo. De
manera correcta o equivocada.
Ahora parece que nos hemos traicionado a nosotros
mismos. No hay enemigo ahí fuera, aunque buscaremos uno,
sólo una masiva imposición de un estilo de vida carente
de compasión.
No pretendo que esperaría un resultado distinto de
cualquier otra nación si surgiera una situación similar.
Ciertamente no en la mía, que está inexorablemente
conformada por el mismo modelo, así como todos los demás
países europeos. Justo antes del huracán, 600 personas
murieron pisoteadas en Arabia, la mayoría mujeres y
niños que huían de lo que creían que era una amenaza
para ellos. Si yo fuera historiador, la lista sería
interminable.
Ahora llegamos a la Crisis, el punto de inflexión. El
fulcro del cambio.
Ese fulcro está en la conciencia. No la conciencia de
quién hizo qué mal y quién tiene que ser despedido o
culpado, sin la conciencia de que yo soy responsable.
Históricamente, siempre culpamos a otra persona y
volvemos a rendirnos al impulso de aceptar lo que es
mejor para mí y los míos, como si el resto de la
comunidad mundial no fueran también “yo y lo mío”.
El estatus quo se desestabiliza. No es extraño que
estemos “experimentando algunos grandes cambios y
trastornos en nuestras vidas”.
Daniel Levy, un compositor y pianista, dice: “Los pasos
para alcanzar los patrones de una nueva civilización son
los mismos que se necesitan para expandir la conciencia.
Cuando esta expansión de conciencia ocurre, todo el
pasado disminuye gradual y rítmicamente para convertirse
en parte de otra totalidad. El centro cambia y cada uno
de nuestros átomos queda infundido por un nuevo tipo de
energía. Nuestro punto de vista asume una perspectiva
mayor, y nuestra visión se expande de ver partes de la
totalidad a ser conscientes de la realidad del todo
mayor.”
Esta es, sucintamente, la experiencia de algunos
clientes. Y ésta es a veces mi propia experiencia. “Algo
ocurre”, como diría Rollin Becker.
“Dios es un círculo cuyo centro está por todas partes y
cuya circunferencia no está en ninguna parte”, dijo San
Buenaventura, un cardinal franciscano del siglo XIII y
santo patrón de los desórdenes intestinales.
Poniéndolo de otro modo, “el Buda del futuro es
Maitreya. Pero Maitreya no es una persona, sino esa
cualidad de amistad que es, de hecho, un aspecto de la
mente iluminada.” Deena Metzger.
Aquí es donde nuestro trabajo es tan importante. No que
digamos a otras personas cómo deberían ser, o lo que
deberían hacer, sino facilitar el acceso a la conciencia
de lo que está emergiendo en nuestro ser ahora mismo y
llevar eso a una conciencia más plena. Y retirar el
juicio. Hacemos esto en práctica compartida con otro u
otros, y les ayudamos a estar presentes ante su dolor, o
lo que surja, escuchando plenamente su historia desde un
lugar vacío.
Sólo por medio de y desde este aumento de conciencia
surgirá la posibilidad de un cambio radical. Todos los
cambios importantes causan inseguridad. Si no nos
sentimos inseguros, estamos patinando en el mismo viejo
surco y puede haber un sentido de seguridad artificial y
temporal en eso, pero observa cuán frágil es. De modo
que la inseguridad es el lugar del cambio. Benditos sean
los inseguros. El dolor cambiará si podemos observarlo,
no convertirnos en él. No dejar que él se convierta en
lo que somos. En esa escucha plena reside la curación.
No hay nada que hacer. Pero no es fácil estar plenamente
presente antes una angustia profunda sin juzgarla.
Simplemente tenemos que recordar que ese juicio es
asunto nuestro y está llenando el cuenco, y si el cuenco
no está vacío, no se llega a contar toda la historia.
Volviendo por un momento a la culpa, la cuestión no es
“lo que hice mal”, sino lo que surge ahora mismo. ¿Cómo
me hace sentirme ahora mismo lo que hice o dejé de
hacer? Es ira; es miedo, o una mezcla de ambos. Esto es
lo que tenemos que abordar, con lo que tenemos que
trabajar. De ahí surge la posibilidad de cambiar.
Trabajando con el miedo, trabajando con la ira y, si
puedo hacer eso, entonces, tal vez, veré que la ira y/o
el miedo son estados humanos comunes, y yo no tendré que
defenderme contra ellos en el futuro. O librarme de
ellos.
Es básicamente el miedo, el miedo al cambio, lo que a su
vez significa miedo a ser, lo que causa nuestra
patología.
Tener miedo es parte de la experiencia humana; el
problema es que intentamos crear condiciones, barreras y
defensas que nos guarden contra ello. Ahí es donde nos
paralizamos.
Trabajemos CON el miedo, si eso es lo que está ahí.
Entonces, estamos en el presente. Desde el presente,
podemos tomar decisiones sensatas. El presente siempre
está aquietado, es lo que nosotros observamos que está
cambiando. Así, nosotros estamos aquietados, observando
el emerger y el pasar del fenómeno. Nosotros no somos el
fenómeno. Nosotros somos, en ese momento, el lugar donde
todos los fenómenos surgen.
Eso es lo que significa la quietud. No es un estado
inerte; es la conciencia del cambio, no el cambio mismo.
Conduce a la proactividad. Verse atrapado (apegado) en
el cambio conduce a la reactividad.
He intentado definir la Quietud y he intentado definir
el desapego. La combinación de ambos es iluminación.
Cualquier tonto, incluyendo a éste, puede definirlo, ¡lo
importante es practicarlo! Nietzsche dijo, y podría
haber estado hablando del apego, o más bien de la falta
de apego, “Quiero aprender más y más a ver como hermoso,
lo que es necesario en las cosas, porque entonces seré
uno de esas personas que embellece las cosas.”
Hace ya algunos años he venido compartiendo mis
observaciones con los estudiantes, en los Estados Unidos
y en Europa. Ellos han estado compartiendo sus
observaciones conmigo, y el consenso es que: “Puedes
confiar en la marea.” No tanto en las mareas mecánicas y
relativamente superficiales, puesto que ellas son una
herramienta, un vehículo, sino en el Aliento de Vida, en
la Inteligencia, de la que ellas son portadoras y en el
Espíritu, del que el Aliento de Vida es una de sus
primeras formas.
Otro consenso al que hemos llegado es que es difícil
entrar en ese estado de rendición, donde el viejo y
pobre ego no puede circunscribir lo que está ocurriendo.
¡El ego quiere decir lo suyo! El consenso final es que
cuando la confianza y la rendición están en su lugar —y
nada menos que eso— ¡la cosa funciona!
El secreto, para mí, está en nuestro estado de
presencia. El Dalai Lama dice: “Creo que nuestra primera
responsabilidad como terapeutas es observarnos a
nosotros mismos.” Anoto el uso que hace de las palabras
“primera responsabilidad”.
Tengo que hacer algo más que sólo lavarme las manos
entre pacientes y dejar el extracto bancario en el
escritorio, necesito meditar y entrar en un estado de
ser de relativo desapego. Si no puedo estar desapegado,
entonces una simple observación de este hecho puede
distanciarme de ser el apego, hasta el punto de que
puedo limitarme a observar el estado de mi ser, sin dar
la energía de la atención a la neurosis, o lo que quiera
que sea. Tengo abundantes de esas [neurosis]. Esta
observación sin juicio es compasión, Karuna. Cuando
puedo aproximarme a alguien desde este lugar
relativamente ordenado y aquietado, estoy preparado para
recibir lo que se me ofrece.
No espero llegar a la quietud absoluta. Creo que puedo
haber tenido breves vislumbres de algo parecido a eso de
vez en cuando, pero, con cierta práctica, puedo
permanecer relativamente aquietado.
Desde ahí, y sólo desde ahí, puedo aproximarme al
cliente o al grupo familiar, si estoy trabajando con
menores o bebés, en la creencia de que contactaré con
ese nivel en quien quiera que esté presente, ¡tanto si
surge a la conciencia como si no!
Estamos en práctica compartida, a ese nivel, y
cualquier cosa que surja, cualquier cosa que se haga, es
el resultado de la sinergia de esa práctica compartida.
No hay actor y receptor. Sólo hay práctica compartida. Y
es posible que yo no sepa lo que ha tenido lugar, a
nivel estructural, y el cliente puede no saber, y ambas
posibilidades dan miedo, y es perfecto, y ¿quién tiene
miedo?: no yo, ¡¡sólo mi ego!!
Por desgracia, no es posible caerse a medias de un
acantilado. O bien confias y sueltas, o no lo haces.
Conozco a algunas personas que se sienten atraídas a
trabajar así. Conozco a algunas personas a quienes les
repele el pensamiento de trabajar así. Todas ellas
tienen razón. Yo simplemente quiero apoyar y fortalecer
a las primeras de todos los modos que pueda.
Para mí, éste es el nivel del Espíritu. No es un nivel
mejor; es lo que es, para algunos.
Un perro ama el mundo a través de su nariz.
Un pez a través de sus agallas.
Un murciélago a través de su profunda ceguera.
Y un águila a través de su planear.
Y una vida humana a través de su espíritu. (Mark
Nepo)
No he probado nada de lo que me había propuesto, sólo
quería hacer una ofrenda.
Mark Nepo, una vez más, cita a Buda: “Actúa siempre
como si el futuro del Universo dependiera de lo que
haces, mientras te ríes de ti mismo por pensar que
cualquier cosa que hagas establece una diferencia.”
Querido Mike
Has pedido que escribamos algo sobre el trabajo que
hacemos en Duncton Mill, al menos eso es lo que he
entendido.
Después de los últimos dos cursos he vivido momentos
difíciles conmigo mismo. Me ha costado adaptarme a la
“vida regular”, una vida en la que tengo que tomar
decisiones respecto a cuándo hacer qué, puesto que no
tengo empleo y tengo una consulta que funciona al cien
por cien. He cuestionado muchas de las decisiones que he
tomado anteriormente, y me he preguntando si me he
despistado de mi tarea en la vida, si me he desviado de
ella… y todos esos pensamientos y preguntas
desagradables. Me parecía que tenía mucho que “digerir”,
no sólo de viejas experiencias que se han ido acumulando
a lo largo de las décadas, y las creencias que surgen de
ellas (o que yo extraigo de ellas), sino también de las
experiencias en tus cursos.
Únicamente en los últimos días he empezado a darme
cuenta que las experiencias y las creencias resultantes
están empezando a cambiar; y en realidad lo hacen de
manera muy imperceptible.
Dejadme acabar con la definición que dio un hombre de
la terapia craneosacral…
“La terapia craneosacral, en su versión más tierna, es
un viaje realizado en quietud por dos o más personas
hacia un nivel de ser en el que no hay patología.”
Lo que sigue es de Christina Hurst-Prager, terapeuta
craneosacral registrada, en Küsnacht, Suiza, y toca muy
directamente el concepto de “experiencia de vida no
digerida” que se menciona en la página 7. Aborda muy
bien el hecho de que si vamos suficientemente al núcleo
de la relación —lo que a veces denomino la práctica
compartida— la sinergia surgida de ese campo permitirá,
sin ningún esfuerzo o intención, un “renacimiento”. Deja
que el trabajo haga el trabajo. Basta con que nos
sentemos a admirar la revelación.
Me siento agradecido por esta contribución.
Durante las “reflexiones matinales” y el compartir de
las experiencias de nuestro trabajo conjunto, el
concepto de “experiencia de vida no digerida” surge de
vez en cuando como la fuente de nuestra incomodad y
malestar físico, emocional, mental o espiritual. Sin
embargo, muy pocas veces uno de nosotros comparte o
habla de una experiencia muy específica que aún no
hayamos digerido del modo en que uno parece hablar de
ellas en psicoterapia. Y, sin embargo, las experiencias
de vida no digeridas hasta ese momento parecen empezar a
digerirse. Simplemente, si ésta no es una manera
demasiado modesta de expresarlo, conectando con otra
persona desde un lugar profundo, compasivo y libre de
juicios.
Si puedo usar la analogía de la “digestión” de manera
más física: cuando comemos algo que es difícil de
digerir, nuestro cuerpo o bien lo almacena en forma de
grasa u otras células poco saludables o el alimento que
tenemos en el estómago avanza muy lenta y dolorosamente.
Si tomamos algún té de hierbas que nos ayude a digerir,
o algún otro remedio, el estómago y los intestinos
empiezan a funcionar mucho mejor, y empiezan a limpiar
nuestro material insano. Y si añadimos algunos remedios
herbales u homeopáticos, remedios que no recarguen el
cuerpo de otro modo, para fortalecer, por ejemplo, la
función renal y hepática, el cuerpo puede empezar a
limpiar incluso “venenos” más antiguos y ponerse bien.
Así es como yo experimento el trabajo que hacemos
contigo en Duncton Mill. La profunda escucha en práctica
compartida es como un té herbal benéfico o como los
remedios homeopáticos que capacitan y fortalecen el
cuerpo, el alma y el espíritu para que se sanen, o
digieran, lo que tenga que ser sanado en primer lugar, y
así se puede profundizar más y más en el tejido celular.
Ésta última frase en realidad me llevaría a reflexionar
sobre “sanar el espíritu”. Tal vez debería escribir
espíritu con “E” mayúscula cuando hablo del Espíritu
Universal, porque Él/Ella no necesita ninguna cura, para
diferenciarlo del espíritu personal, que muy
posiblemente necesitará abundante cura.
Y ahora, por supuesto, a esto le deben seguir algunos
pensamientos sobre la curación, pues en realidad ésta no
es una palabra que usáis, por lo que yo sé. Me parece
que habláis mucho más de “arrojar luz” sobre lo que es,
aceptándolo más y más sin juicio, con compasión, y esto
aportará curación, tal vez no en el sentido convencional
de “curarse”, sino en el de aclararse con lo que es.
Este tipo de trabajo craneosacral biodinámica también me
recuerda lo poco que reaccionan los niños cuando se
hacen daño y lloran. Si nosotros, los padres,
simplemente les abrazamos y reconocemos: “Oh, sí, veo
que te has hecho mucho daño”, entonces lloran todavía
más, pero sólo durante un segundo o dos, y después
generalmente se sienten bien. (Cuando alguien le dice a
un niño que se ha hecho daño “oh, no es para tanto, no
es nada”, el niño suele llorar durante mucho más
tiempo). Como terapeuta craneosacral biodinámica yo soy
como la madre, que reconoce y valida lo que ocurrió, y
cómo se siente el niño, y entonces “ello” puede
disolverse.
Como madre me hace sentirme bien por dentro, ser
amorosa y aceptar al niño. Como terapeuta, si conecto
desde un lugar profundo con el cliente, por supuesto
estoy conectando conmigo mismo desde un lugar profundo,
de aceptación, permitiendo que la luz brille sobre lo
que sea; no podría conectar desde ningún otro lugar. He
experimentado una y otra vez que dar un tratamiento es
recibirlo.