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CONVERSACIONES EN QUIETUD

CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall

Noviembre 2006

Capítulo 4

LA MAREA

Mi tesis, mi convicción, no sólo creencia, y mi pasión están contenidas en esta breve frase: puedes confiar en la marea. He pasado los últimos 15 años analizando, probando, trabajando con y enseñando la verdad de esta declaración.
Actualmente, aproximadamente 120 años después de que Sutherland expresara originalmente esta afirmación, voy a intentar explicar dónde he estado y a lo que he llegado hasta ahora. Tomemos esto despacio y empecemos por el principio. Oí esta frase por primera vez cuando me estaba formando como terapeuta craneosacral con Franklin en Karuna.

Puedes confiar en la Marea. Empecé a pensar: “¿Qué Marea y qué significa “confiar en”? La palabra confiar era la importante. ¿Significa confiar “trabajar con”, manipular de algún modo o dirigir hacia una lesión? ¿Por qué Sutherland eligió la expresión “confiar en”? Llegué a creer que era suficientemente independiente para saber qué quería decir y que si había dicho confiar, eso es lo que quería decir literalmente. Eso significa que es otra persona o cosa la que hace lo que tenga que ser hecho.

En cuanto a la Marea, no asumí que Sutherland estaba intentando decir que el Impulso Rítmico Craneal o IRC, como lo conocemos, era la fuente en la que podíamos confiar tan devotamente, y pensé que ni siquiera se sugería que la Marea Larga, con la que muchos de vosotros ya estáis familiarizados, era la energía motivadora de toda vida, pues éstas son, después de todo, objetos de nuestra conciencia, no el fundamento subyacente de nuestra conciencia.
Llegué a creer que en realidad estaba hablando de la hipótesis de que hay una Inteligencia que no es parte de la estructura egóica personal e individual, que no está sujeta al intelecto, en la que se puede confiar absolutamente.
Shakespeare dijo:”Hay una Marea en los asuntos de los hombres, que tomada en su rebosar, conduce a la fortuna.” Ni siquiera esto es “la cosa”, aunque se le acerca más. Implica que hay “otro”.

Esto hace surgir un gran conflicto: si hay “otro” en el que confiar, qué lugar ocupo yo en todo esto. ¿Cómo sabré lo que eso otro está haciendo, cómo sabré lo que le está ocurriendo al paciente? Supongamos que algo va mal y me demanda, ¡en este país abundan los litigios! Veis lo que está pasando aquí, el viejo y pobre ego personal ya se lo está pasando mal, se está poniendo muy ansioso.
Podríamos ir más allá: “Tenemos que tener límites, no puedo saber lo que estoy haciendo. ¿Cómo explico lo que estoy haciendo? Esto no es científico y, lo mejor de todo, tengo que estar presente, plenamente presente en todo momento. ¡Recuerdo que Mike dijo eso! Mike Boxhall, quiero decir, no Michael Shea, que está perfectamente cuerdo.
¡Vaya! ¡Ahora no se puede confiar en nadie, ni siquiera en mí!
No es para tanto. Lo que tenemos que hacer ahora es analizar qué significa estar presente en este contexto.

A lo que me refiero con estar presente es tener la mente aquietada, simplemente notar lo que surge sin apegarse a ello de ninguna manera.
No hacer juicios respecto al significado de lo que surge. Simplemente notar lo que es. Si no nos apegamos al significado, el fenómeno pasará y lo más probable es que otro tome su lugar. Después otro, y otro, y los reconocemos todos y los dejamos pasar y, a veces, durante un rato, no surgirá nada y sólo habrá conciencia vacía, vacía de todo objeto, y de ese vacío surge un nuevo objeto.
El movimiento surge de la quietud y nada va realmente a ninguna parte. Ello simplemente es, en movimiento. En este momento hay una unificación de todo lo que alguna vez fue, y esto que surge es su expresión ahora mismo. El Espíritu toma forma y nosotros, como testigos, estamos en práctica compartida con esa forma.
Éste es, por tanto, el dramático despliegue de la Terapia Craneosacral Biodinámica.
Esto es la introducción, el prólogo; ahora examinemos esto un poco y dividámoslo para llegar a algo más expansivo.
Todos los objetos vienen y van, ¿cierto? Algunos tardan más en irse que otros. El Everest, el planeta, mi vecino que toca rock duro… pero antes o después todos se van, y eso es lo que todas las cosas, y pensamientos y sentimientos, tienen en común. ¡Todos se van! Yo me iré, no sé cuando, quizá ya estoy más allá de mi fecha de caducidad, pero en algún momento me iré. Y esto es lo más importante, cualquier cosa que haya venido a la forma como yo, vendrá a la forma como alguna otra cosa, antes o después. Cuando las condiciones sustenten otra forma, se creará otra forma. Es un proceso sin principio ni fin. Sin causa, sólo revelación.
No puedo evitar reírme de mí mismo por intentar ser lógico. No es lo que mejor me sale, y creo que en el modelo de Jung, yo probablemente soy un intuitivo, al menos eso es lo que intuyo, pero debo intentar ser lógico para no ser unilateral.
Mi lógica es que cuanto más puedo objetivizar todo, incluyéndome a mí mismo, más cerca estoy de lo inexpresado, de lo no-dual, de aquello de lo que surgen los objetos, del Sujeto.
Hacia donde voy es que si todo es, en cierto sentido, no concreto e impermanente, incluyéndome a mí mismo, entonces también son impermanentes la enfermedad, el sufrimiento y el malestar. Si esto es así, entonces, ¿qué herramienta voy a usar para producir alivio?
Claramente mi intelecto, no sólo impermanente, sino también limitado, sólo puede contener una respuesta parcial. Es decir, por supuesto, a menos que pretenda ser omnisciente y saberlo todo. Lo mejor que puedo hacer, en esta forma, es tomar mi limitado conocimiento y aplicarlo a mi limitada evaluación, llámale diagnóstico, y esperar un resultado limitadamente benéfico.
Sigo dándole vueltas a este pensamiento, y eso me lleva a tomar conciencia de que, a menudo, ni siquiera el cliente sabe la causa de lo que le pasa. Esto complica el problema.
Sin embargo, esto es con lo que trabajamos todo el tiempo, ¿cierto?
Estamos condicionados, pienso, a pensar que éste es el único camino posible.
Actualmente yo tengo un punto de vista ligeramente diferente, no tan absoluto, y lo ofrezco como una invitación para considerar que posiblemente hay otra perspectiva que examinar.
Siguiendo el modelo de Groucho Marx, que dijo en una ocasión: “Nunca me haría socio de un club que me aceptara como miembro”, suelo ser muy cuidadoso respecto a quién tiene acceso a mi sufrimiento. Mi sentido de insatisfacción. Que, según observo, también es impermanente. A veces, de hecho, todo es perfectamente satisfactorio.
Supongamos que simplemente me aparto del camino y dejo que el Espíritu o la Inteligencia, a diferencia de mi intelecto, hagan el trabajo. Conseguir que la patología del sistema esté en un estado de mayor adaptación. Dejar de sufrir de lo que son, en efecto, experiencias de vida mal digeridas. Sería superinteligente dejar que la Inteligencia hiciera el trabajo en lugar de confiar únicamente en mi intelecto y conocimiento parcial.
En mi opinión, esto abriría la posibilidad del renacimiento, ahora mismo, en el presente, a una forma que ya no está modificada por las experiencias de vida no digeridas. Tengo la creencia, y hasta cierto punto experimento, que el renacimiento no sólo es lo que ocurre cuando me caigo de la rama, sino más bien, combinado con la conciencia, lo que está ocurriendo ahora mismo, en el presente. Como dijo Aldous Huxley, “En realidad no hay vida fuera de la vida de experiencia”. Reverenciemos la experiencia, no sólo la teoría o el concepto.
Dejadme que tome un momento para leer un poema, después volveré a cómo trato de apartarme del camino de la Inteligencia y dejarle que haga el trabajo.

Quien verdaderamente soy
Sin principio, sólo proceso.
El Espíritu reencarna.
Nacimiento y Vida.
El encuentro del despliegue y la experiencia.
Capa sobre capa de ilusión.
Yo he devenido y he olvidado.
Ayer fue y mañana será, o al menos eso parece.
No ahora.
Una marea hay,
Después un océano.
Debajo de las olas,
Sólo hay quietud.
La Madre.
Pura conciencia,
Y recuerdo quién soy.
El Océano se mueve.
Sólo hay proceso.

Hay un amable grupo de gente que ha crecido alrededor del curso que estoy enseñando en Carolina del Norte. Intercambiamos muchas preguntas e intercambiamos muchos intentos de respuestas. Es una práctica verdaderamente compartida.
Parte de lo que sigue surgió de una cuestión reciente de uno de los miembros al resto de nosotros:
“Quiero intentar abordar esto y es algo que hace surgir todos los temas de los que hemos estado hablando, y es posible que me ayude a entender un poco más lo que he estado tratando de exponer”
Enfoquémonos por un momento en el desastre del Golfo y veamos qué surge directamente de eso:
Además de ser un desastre, que lo es, para cientos de miles de buenas personas; es casi insoportable pensar en el sufrimiento de los que lo han perdido todo: familia, hogar, posesiones, y lo que es peor, la esperanza y la confianza; es una crisis global. Enfoquémonos en Nueva Orleáns.
Una crisis es un punto de inflexión. No estoy hablando únicamente del precio del petróleo y el efecto “bola de nieve” que tiene, sino de una crisis de confianza en lo que hemos llegado a creer que es el orden natural de las cosas. E incluso llegamos a dudar de la decencia, compasión y buena vecindad de la gente cuando las cartas vienen mal dadas para algunos.

La crisis que ha recorrido el mundo es: ¿En quién podemos confiar cuando tenemos problemas?
El 11 de septiembre fue diferente; nosotros creamos un enemigo y tomamos el punto de vista de que teníamos que aprender a defendernos mejor del enemigo, de ese objeto que está ahí fuera. Nos agrupamos para conseguirlo. De manera correcta o equivocada.
Ahora parece que nos hemos traicionado a nosotros mismos. No hay enemigo ahí fuera, aunque buscaremos uno, sólo una masiva imposición de un estilo de vida carente de compasión.
No pretendo que esperaría un resultado distinto de cualquier otra nación si surgiera una situación similar.
Ciertamente no en la mía, que está inexorablemente conformada por el mismo modelo, así como todos los demás países europeos. Justo antes del huracán, 600 personas murieron pisoteadas en Arabia, la mayoría mujeres y niños que huían de lo que creían que era una amenaza para ellos. Si yo fuera historiador, la lista sería interminable.
Ahora llegamos a la Crisis, el punto de inflexión. El fulcro del cambio.
Ese fulcro está en la conciencia. No la conciencia de quién hizo qué mal y quién tiene que ser despedido o culpado, sin la conciencia de que yo soy responsable.
Históricamente, siempre culpamos a otra persona y volvemos a rendirnos al impulso de aceptar lo que es mejor para mí y los míos, como si el resto de la comunidad mundial no fueran también “yo y lo mío”.
El estatus quo se desestabiliza. No es extraño que estemos “experimentando algunos grandes cambios y trastornos en nuestras vidas”.
Daniel Levy, un compositor y pianista, dice: “Los pasos para alcanzar los patrones de una nueva civilización son los mismos que se necesitan para expandir la conciencia. Cuando esta expansión de conciencia ocurre, todo el pasado disminuye gradual y rítmicamente para convertirse en parte de otra totalidad. El centro cambia y cada uno de nuestros átomos queda infundido por un nuevo tipo de energía. Nuestro punto de vista asume una perspectiva mayor, y nuestra visión se expande de ver partes de la totalidad a ser conscientes de la realidad del todo mayor.”
Esta es, sucintamente, la experiencia de algunos clientes. Y ésta es a veces mi propia experiencia. “Algo ocurre”, como diría Rollin Becker.
“Dios es un círculo cuyo centro está por todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna parte”, dijo San Buenaventura, un cardinal franciscano del siglo XIII y santo patrón de los desórdenes intestinales.

Poniéndolo de otro modo, “el Buda del futuro es Maitreya. Pero Maitreya no es una persona, sino esa cualidad de amistad que es, de hecho, un aspecto de la mente iluminada.” Deena Metzger.
Aquí es donde nuestro trabajo es tan importante. No que digamos a otras personas cómo deberían ser, o lo que deberían hacer, sino facilitar el acceso a la conciencia de lo que está emergiendo en nuestro ser ahora mismo y llevar eso a una conciencia más plena. Y retirar el juicio. Hacemos esto en práctica compartida con otro u otros, y les ayudamos a estar presentes ante su dolor, o lo que surja, escuchando plenamente su historia desde un lugar vacío.
Sólo por medio de y desde este aumento de conciencia surgirá la posibilidad de un cambio radical. Todos los cambios importantes causan inseguridad. Si no nos sentimos inseguros, estamos patinando en el mismo viejo surco y puede haber un sentido de seguridad artificial y temporal en eso, pero observa cuán frágil es. De modo que la inseguridad es el lugar del cambio. Benditos sean los inseguros. El dolor cambiará si podemos observarlo, no convertirnos en él. No dejar que él se convierta en lo que somos. En esa escucha plena reside la curación. No hay nada que hacer. Pero no es fácil estar plenamente presente antes una angustia profunda sin juzgarla. Simplemente tenemos que recordar que ese juicio es asunto nuestro y está llenando el cuenco, y si el cuenco no está vacío, no se llega a contar toda la historia.
Volviendo por un momento a la culpa, la cuestión no es “lo que hice mal”, sino lo que surge ahora mismo. ¿Cómo me hace sentirme ahora mismo lo que hice o dejé de hacer? Es ira; es miedo, o una mezcla de ambos. Esto es lo que tenemos que abordar, con lo que tenemos que trabajar. De ahí surge la posibilidad de cambiar. Trabajando con el miedo, trabajando con la ira y, si puedo hacer eso, entonces, tal vez, veré que la ira y/o el miedo son estados humanos comunes, y yo no tendré que defenderme contra ellos en el futuro. O librarme de ellos.
Es básicamente el miedo, el miedo al cambio, lo que a su vez significa miedo a ser, lo que causa nuestra patología.
Tener miedo es parte de la experiencia humana; el problema es que intentamos crear condiciones, barreras y defensas que nos guarden contra ello. Ahí es donde nos paralizamos.
Trabajemos CON el miedo, si eso es lo que está ahí. Entonces, estamos en el presente. Desde el presente, podemos tomar decisiones sensatas. El presente siempre está aquietado, es lo que nosotros observamos que está cambiando. Así, nosotros estamos aquietados, observando el emerger y el pasar del fenómeno. Nosotros no somos el fenómeno. Nosotros somos, en ese momento, el lugar donde todos los fenómenos surgen.
Eso es lo que significa la quietud. No es un estado inerte; es la conciencia del cambio, no el cambio mismo. Conduce a la proactividad. Verse atrapado (apegado) en el cambio conduce a la reactividad.
He intentado definir la Quietud y he intentado definir el desapego. La combinación de ambos es iluminación. Cualquier tonto, incluyendo a éste, puede definirlo, ¡lo importante es practicarlo! Nietzsche dijo, y podría haber estado hablando del apego, o más bien de la falta de apego, “Quiero aprender más y más a ver como hermoso, lo que es necesario en las cosas, porque entonces seré uno de esas personas que embellece las cosas.”
Hace ya algunos años he venido compartiendo mis observaciones con los estudiantes, en los Estados Unidos y en Europa. Ellos han estado compartiendo sus observaciones conmigo, y el consenso es que: “Puedes confiar en la marea.” No tanto en las mareas mecánicas y relativamente superficiales, puesto que ellas son una herramienta, un vehículo, sino en el Aliento de Vida, en la Inteligencia, de la que ellas son portadoras y en el Espíritu, del que el Aliento de Vida es una de sus primeras formas.
Otro consenso al que hemos llegado es que es difícil entrar en ese estado de rendición, donde el viejo y pobre ego no puede circunscribir lo que está ocurriendo. ¡El ego quiere decir lo suyo! El consenso final es que cuando la confianza y la rendición están en su lugar —y nada menos que eso— ¡la cosa funciona!
El secreto, para mí, está en nuestro estado de presencia. El Dalai Lama dice: “Creo que nuestra primera responsabilidad como terapeutas es observarnos a nosotros mismos.” Anoto el uso que hace de las palabras “primera responsabilidad”.
Tengo que hacer algo más que sólo lavarme las manos entre pacientes y dejar el extracto bancario en el escritorio, necesito meditar y entrar en un estado de ser de relativo desapego. Si no puedo estar desapegado, entonces una simple observación de este hecho puede distanciarme de ser el apego, hasta el punto de que puedo limitarme a observar el estado de mi ser, sin dar la energía de la atención a la neurosis, o lo que quiera que sea. Tengo abundantes de esas [neurosis]. Esta observación sin juicio es compasión, Karuna. Cuando puedo aproximarme a alguien desde este lugar relativamente ordenado y aquietado, estoy preparado para recibir lo que se me ofrece.
No espero llegar a la quietud absoluta. Creo que puedo haber tenido breves vislumbres de algo parecido a eso de vez en cuando, pero, con cierta práctica, puedo permanecer relativamente aquietado.
Desde ahí, y sólo desde ahí, puedo aproximarme al cliente o al grupo familiar, si estoy trabajando con menores o bebés, en la creencia de que contactaré con ese nivel en quien quiera que esté presente, ¡tanto si surge a la conciencia como si no!

Estamos en práctica compartida, a ese nivel, y cualquier cosa que surja, cualquier cosa que se haga, es el resultado de la sinergia de esa práctica compartida. No hay actor y receptor. Sólo hay práctica compartida. Y es posible que yo no sepa lo que ha tenido lugar, a nivel estructural, y el cliente puede no saber, y ambas posibilidades dan miedo, y es perfecto, y ¿quién tiene miedo?: no yo, ¡¡sólo mi ego!!
Por desgracia, no es posible caerse a medias de un acantilado. O bien confias y sueltas, o no lo haces.
Conozco a algunas personas que se sienten atraídas a trabajar así. Conozco a algunas personas a quienes les repele el pensamiento de trabajar así. Todas ellas tienen razón. Yo simplemente quiero apoyar y fortalecer a las primeras de todos los modos que pueda.
Para mí, éste es el nivel del Espíritu. No es un nivel mejor; es lo que es, para algunos.

Un perro ama el mundo a través de su nariz.
Un pez a través de sus agallas.
Un murciélago a través de su profunda ceguera.
Y un águila a través de su planear.

Y una vida humana a través de su espíritu. (Mark Nepo)

No he probado nada de lo que me había propuesto, sólo quería hacer una ofrenda.

Mark Nepo, una vez más, cita a Buda: “Actúa siempre como si el futuro del Universo dependiera de lo que haces, mientras te ríes de ti mismo por pensar que cualquier cosa que hagas establece una diferencia.”

Querido Mike
Has pedido que escribamos algo sobre el trabajo que hacemos en Duncton Mill, al menos eso es lo que he entendido.
Después de los últimos dos cursos he vivido momentos difíciles conmigo mismo. Me ha costado adaptarme a la “vida regular”, una vida en la que tengo que tomar decisiones respecto a cuándo hacer qué, puesto que no tengo empleo y tengo una consulta que funciona al cien por cien. He cuestionado muchas de las decisiones que he tomado anteriormente, y me he preguntando si me he despistado de mi tarea en la vida, si me he desviado de ella… y todos esos pensamientos y preguntas desagradables. Me parecía que tenía mucho que “digerir”, no sólo de viejas experiencias que se han ido acumulando a lo largo de las décadas, y las creencias que surgen de ellas (o que yo extraigo de ellas), sino también de las experiencias en tus cursos.
Únicamente en los últimos días he empezado a darme cuenta que las experiencias y las creencias resultantes están empezando a cambiar; y en realidad lo hacen de manera muy imperceptible.

Dejadme acabar con la definición que dio un hombre de la terapia craneosacral…
“La terapia craneosacral, en su versión más tierna, es un viaje realizado en quietud por dos o más personas hacia un nivel de ser en el que no hay patología.”

Lo que sigue es de Christina Hurst-Prager, terapeuta craneosacral registrada, en Küsnacht, Suiza, y toca muy directamente el concepto de “experiencia de vida no digerida” que se menciona en la página 7. Aborda muy bien el hecho de que si vamos suficientemente al núcleo de la relación —lo que a veces denomino la práctica compartida— la sinergia surgida de ese campo permitirá, sin ningún esfuerzo o intención, un “renacimiento”. Deja que el trabajo haga el trabajo. Basta con que nos sentemos a admirar la revelación.
Me siento agradecido por esta contribución.

Durante las “reflexiones matinales” y el compartir de las experiencias de nuestro trabajo conjunto, el concepto de “experiencia de vida no digerida” surge de vez en cuando como la fuente de nuestra incomodad y malestar físico, emocional, mental o espiritual. Sin embargo, muy pocas veces uno de nosotros comparte o habla de una experiencia muy específica que aún no hayamos digerido del modo en que uno parece hablar de ellas en psicoterapia. Y, sin embargo, las experiencias de vida no digeridas hasta ese momento parecen empezar a digerirse. Simplemente, si ésta no es una manera demasiado modesta de expresarlo, conectando con otra persona desde un lugar profundo, compasivo y libre de juicios.
Si puedo usar la analogía de la “digestión” de manera más física: cuando comemos algo que es difícil de digerir, nuestro cuerpo o bien lo almacena en forma de grasa u otras células poco saludables o el alimento que tenemos en el estómago avanza muy lenta y dolorosamente. Si tomamos algún té de hierbas que nos ayude a digerir, o algún otro remedio, el estómago y los intestinos empiezan a funcionar mucho mejor, y empiezan a limpiar nuestro material insano. Y si añadimos algunos remedios herbales u homeopáticos, remedios que no recarguen el cuerpo de otro modo, para fortalecer, por ejemplo, la función renal y hepática, el cuerpo puede empezar a limpiar incluso “venenos” más antiguos y ponerse bien.
Así es como yo experimento el trabajo que hacemos contigo en Duncton Mill. La profunda escucha en práctica compartida es como un té herbal benéfico o como los remedios homeopáticos que capacitan y fortalecen el cuerpo, el alma y el espíritu para que se sanen, o digieran, lo que tenga que ser sanado en primer lugar, y así se puede profundizar más y más en el tejido celular.
Ésta última frase en realidad me llevaría a reflexionar sobre “sanar el espíritu”. Tal vez debería escribir espíritu con “E” mayúscula cuando hablo del Espíritu Universal, porque Él/Ella no necesita ninguna cura, para diferenciarlo del espíritu personal, que muy posiblemente necesitará abundante cura.

Y ahora, por supuesto, a esto le deben seguir algunos pensamientos sobre la curación, pues en realidad ésta no es una palabra que usáis, por lo que yo sé. Me parece que habláis mucho más de “arrojar luz” sobre lo que es, aceptándolo más y más sin juicio, con compasión, y esto aportará curación, tal vez no en el sentido convencional de “curarse”, sino en el de aclararse con lo que es.
Este tipo de trabajo craneosacral biodinámica también me recuerda lo poco que reaccionan los niños cuando se hacen daño y lloran. Si nosotros, los padres, simplemente les abrazamos y reconocemos: “Oh, sí, veo que te has hecho mucho daño”, entonces lloran todavía más, pero sólo durante un segundo o dos, y después generalmente se sienten bien. (Cuando alguien le dice a un niño que se ha hecho daño “oh, no es para tanto, no es nada”, el niño suele llorar durante mucho más tiempo). Como terapeuta craneosacral biodinámica yo soy como la madre, que reconoce y valida lo que ocurrió, y cómo se siente el niño, y entonces “ello” puede disolverse.

Como madre me hace sentirme bien por dentro, ser amorosa y aceptar al niño. Como terapeuta, si conecto desde un lugar profundo con el cliente, por supuesto estoy conectando conmigo mismo desde un lugar profundo, de aceptación, permitiendo que la luz brille sobre lo que sea; no podría conectar desde ningún otro lugar. He experimentado una y otra vez que dar un tratamiento es recibirlo.

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