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BIENVENIDOS AL CENTRO DE OSTEOPATIA CRANEOSACRA DE VALENCIA

 
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CONVERSACIONES EN QUIETUD

CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall

Capítulo 7

La dicha de ser ordinario

¡Ser ordinario es tan difícil! Lo que todos queremos es ser especiales, separados, mejores que o, en algunos casos, peores que,.. si insistimos en tener un complejo de inferioridad en lugar de un complejo de superioridad.  

El problema de estar separado es que la separación es muy pequeña. Finita. Una abstracción de lo que habría si pudiéramos darnos cuenta de nuestra realidad infinita. 

Hemos hablado mucho de la quietud. Y la mayor parte del tiempo que hablamos de la quietud hablamos de ella como un objeto, una herramienta que empleamos en nuestro trabajo. De hecho, la Quietud Dinámica es un estado de ser, no algo que hagamos; y podríamos muy bien describirla como Dios mirando hacia fuera.  

Ocasionalmente (Mathew Appleton en el número 40 de Fulcrum) la gente ha descrito mi trabajo como enseñar a la gente a “relajarse y dejar que la marea haga el trabajo. Se parece un poco a ver a alguien ahogarse y decir que tiene la capacidad inherente de nadar, de modo que no le voy a lanzar un flotador. Sí, la inteligencia inherente del sistema sabe cómo curarse, pero a veces el paciente necesita ayuda para acceder a esto, y la quietud y la escucha no siempre son suficiente.” Esto, me temo, indica una comprensión insuficiente de qué es la quietud. Mucha gente habla de la quietud y muchos incluyen la palabra quietud en su enseñanza, pero muy pocos parecen entender el estado de ser que es la quietud.  

Si alguien se estuviera ahogando, yo ciertamente le lanzaría un flotador. De hecho, en el pasado, en dos ocasiones me he metido en el agua y los he sacado. En ambos casos apliqué una técnica de respiración muy mecánica. Uno se recuperó. El otro no, porque había estado bajo el agua 10 minutos cuando lo descubrí, y estuve 20 minutos haciéndole la respiración boca a boca hasta que llegaron los médicos y se encargaron del caso.  

Por otra parte, cuando la gente viene a mí voluntariamente y me dice: “No tengo ninguna enfermedad concreta, ¡simplemente siento que hay algo más!” o “Siento que he perdido algo en algún momento de mi vida”, simplemente me siento en absoluta quietud mental y escucho. ¡En el vacío se cuenta la historia! No hay consejo, no hay juicio, sólo vacío. En la escucha reside la curación y la profundidad del vacío refleja, muy a menudo, la profundidad de la sanación.  

Tal vez os interese saber que el ideograma chino que significa “escuchar” contiene cinco elementos: oreja, tú, ojos, atención no-dividida y corazón. 

Tal vez te gustaría decir: “Sí, ¿pero qué tiene esto que ver con la Terapia Craneosacral?” La respuesta es: nada si consideras la TCS como una modalidad puramente mecánica, pero tal vez todo si dejas de limitar lo que es la TCS y te abres a la posibilidad de que, como dijo el Buda, la iluminación está en el cuerpo. Si es ahí donde eliges trabajar, eso es lo que hallarás.  

Muchos terapeutas, de muchos países, vienen a los cursos simplemente para obtener validación de sus experiencias surgidas cuando trabajan con clientes a niveles muy profundos. Estas experiencias a veces están en aparente contradicción con experiencias que tal vez les han enseñado que deberían estar teniendo. 

Como casi todo estado o condición, la quietud puede ser interpretada a muchos niveles, y ya hemos examinado esto de algún modo en el Capítulo 1. Merece la pena repetir que hay un nivel de quietud perfectamente válido que simplemente significa no moverse. Hay otro nivel de quietud perfectamente válido que implica que hay movimiento, pero el observador no está apegado al movimiento. Pero hay un nivel aún más profundo de quietud que simplemente es la fuente de toda creación.  

La dificultad siempre se produce cuando se confunde un nivel con otro. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” 

Al nivel más profundo no se puede trabajar con el Espíritu en una relación sujeto/objeto, simplemente una expresión dinámica del Espíritu. 

Este nivel no es alcanzable desde el ego o el intelecto. No me cabe duda de que la ruta hacia la práctica a este nivel es la rendición. Una de las ventajas de la rendición es que, cuando es verdadera, ya no es necesario afirmar que la experiencia de otra persona está equivocada. ¡Es muy agradable percibir diferencias! Tal vez estoy hablando de la ancianidad, ¡es tan cómoda! 

Ésta no es una propuesta para librarse del ego y/o del intelecto, sino más bien para rendirlos de vez en cuando a Dios, el Tao, el Espíritu, cualquiera que sea el nombre que elijas darle. La rendición, como concepto, no es especialmente popular, tiene connotaciones desafortunadas y da mucho miedo. Pero aquí hay una cita relevante:

 “El sabio nunca intenta almacenar cosas

Cuanto más hace por los demás, más tiene.

Cuanto más da a los demás, mayor su abundancia.

El Tao del cielo es afilado pero no daña.

El Tao del sabio es trabajo sin esfuerzo.”

Lo extraño del camino espiritual es que cuanto más profundiza uno en él, más ordinario parece —es el ego quien quiere ser especial— y lo que había sido normal empieza a resultar horriblemente patológico: lo que de hecho es, pues nunca ha sido nada más que una acumulación crónica de experiencias de vida no digerida.

Como dijo Chogyam Trungpa: “Si consideramos que algo es valioso y extraordinario, acaba separándose mucho de nosotros.” 

Permitidme que ahora Gary Roba, un antiguo alumno de Oregón, comparta con nosotros su informe de una sesión de tratamiento reciente:  

“Se me pidió que diera una sesión al gatito de una amiga, que estaba muy tenso después de haber sido castrado: había sufrido un completo cambio de personalidad. Inicialmente el gato no se acercaba a mí ni a su dueña, de modo que le pregunté si podía tomarme mi tiempo y ella dijo que sí. Me di cuenta de que había un radiador en la otra habitación, de modo que fue allí y me tumbé en el suelo a su lado, disfrutando del calor. Evidentemente, después de un rato el gatito se acercó a mí para investigarme. Yo le dejé. Cuando empecé a extender una mano, él se retiró, de modo que esperé un poco más. Después se acercó su hermana y se tumbó entre el radiador y yo, y un minuto después él se tumbó sobre su hermana, con su cabeza sobre la pelvis de ella. Esta vez, cuando extendí la mano no se retiró, de modo que acabé con dos dedos en las patas de atrás de la hermana y dos dedos en las patas delanteras del hermano. Todos estábamos cogidos de la mano. El hermano estaba tan tenso por dentro como pueda estarlo un gato, y la forma de esa energía estaba acumulada sobre su hermana. Estaban vinculados por ella. En un momento dado ocurrió algo, sus energías se separaron y esa tensión como de hierro que sufría el hermano empezó a fundirse. La hermana se puso de pie y se alejó, dejándome con su hermano, que continuó abriéndose y ablandándose por dentro. Posteriormente, cuando su dueña lo recogió del suelo, lo encontró totalmente pasivo, “pasó de estar extremadamente tenso a estar completamente relajado en el espacio de una hora”. Entonces pregunté cuál era el nombre del gatito, y ella dijo: “Le llamamos Bobo. Entonces explicó que le habían castrado porque trataba de emparejarse obsesivamente con su hermana. La sesión pareció haber ayudado mucho a Bobo.”

Esto es de Bob Doenges, un alumno, colega y consejero que me visita regularmente y viene de Tulsa, Oklahoma. Habla de presencia, conciencia y rendición. Es una declaración conmovedora que aborda, de manera muy directa, los dos pilares gemelos de este trabajo, “no saber” y “rendirse”. Las diversas contribuciones a este libro, incluyendo la mía propia, han tomado y sin duda seguirán tomando formas muy diversas: algunas más intelectuales y teóricas, otras más experimentales y reveladas. Tengo una fuerte sospecha de que la mayor sabiduría reside en éstas últimas.

De camino a Sutton

Aquí, en Oklahoma, a primeros de abril, los cerezos silvestres y los árboles del amor están plenamente florecidos. Las azaleas no se quedan atrás, y en medio de este despliegue primaveral mi mente ha vuelto a un momento anterior de este año que me ha cambiado de manera inexpresada.

Al final de enero estaba en Duncton Mill para la segunda parte del curso La Bendición de Ser Ordinario. A comienzos de la semana estábamos haciendo algunos cantos y movimientos con una profesora visitante… Después de que se produjera una de las experiencias, la profesora y Mike dieron la vuelta al círculo preguntándonos: “¿Dónde estás?”. Cuando llegó a Andreas, éste simplemente replicó: “Estoy esperando”. Ella se detuvo y esperó que dijera algo más, y volvió a preguntarle: “¿Dónde estás, Andreas?” y él respondió: “Estoy esperando”. 

Hubo un largo silencio, y antes de que ella pudiera volver a preguntarle, Mike intervino desde el fondo de la habitación y clarificó el asunto: “Andreas está esperando. Él no está esperando algo, simplemente está esperando.” 

Pienso que en ese momento lo pillé. Hasta la mañana siguiente no me di cuenta que sólo “lo había pillado” a nivel intelectual.  

Me encanta levantarme pronto e ir a correr o a caminar para empezar el día. De modo que, a la mañana siguiente, temprano, me dirigí a la colina y tomé la carretera al pueblo de Sutton. Aún estaba oscuro, antes del amanecer, y podía distinguir el horizonte a distancia. Estaba en una meditación en movimiento, y de repente un viejo árbol desnudo dibujó su silueta delante de mí con el horizonte invernal de fondo. Y en ese momento me habló claramente: “Estoy esperando”. 

Algo se movió profundamente en ese momento en mi cuerpo y en mi ser. Yo había cambiado. Era diferente. Las palabras no pueden expresar plenamente ese momento y experiencia. Me aventuré a decir posteriormente a la clase que había sido una epifanía. Para mí, ahora, fue un momento de realización de Dios, un momento que nunca se irá y que está vivo dentro de mí mientras escribo esto.        

Entonces supe, de manera más profunda y nueva, que el árbol simplemente estaba diciendo: “Estoy esperando: el sol saldrá; el sol se pondrá; la savia dentro de mí se agitará en lo profundo de mis raíces y ramas a medida que se acerque la primavera; mis hojas saldrán y experimentarán una primavera y un verano gloriosos; mis hojas morirán y caerán; mis ramas volverán a estar desnudas”; y así sucesivamente. El árbol está esperando. 

Seguí corriendo mientras rumiaba estas ideas y esta nueva toma de conciencia. Y entonces experimenté más plenamente: “Estoy corriendo” y todo lo que acompañaba a eso; “Estoy escuchando”, y todo lo que venía con eso. Ahora cada momento de mi vida emerge desde un nuevo nivel que no había experimentado antes, gracias a Andreas (y a la interpretación de Mike) y al árbol de South Downs.


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