La dicha de ser ordinario
¡Ser ordinario es tan difícil! Lo que todos queremos es ser especiales,
separados, mejores que o, en algunos casos, peores que,.. si
insistimos en tener un complejo de inferioridad en lugar de
un complejo de superioridad.
El problema de estar separado es que la separación es muy pequeña.
Finita. Una abstracción de lo que habría si pudiéramos
darnos cuenta de nuestra realidad infinita.
Hemos hablado mucho de la quietud. Y la mayor parte del tiempo que
hablamos de la quietud hablamos de ella como un objeto, una
herramienta que empleamos en nuestro trabajo. De hecho, la
Quietud Dinámica es un estado de ser, no algo que hagamos; y
podríamos muy bien describirla como Dios mirando hacia
fuera.
Ocasionalmente (Mathew Appleton en el número 40 de Fulcrum) la
gente ha descrito mi trabajo como enseñar a la gente a
“relajarse y dejar que la marea haga el trabajo. Se parece
un poco a ver a alguien ahogarse y decir que tiene la
capacidad inherente de nadar, de modo que no le voy a lanzar
un flotador. Sí, la inteligencia inherente del sistema sabe
cómo curarse, pero a veces el paciente necesita ayuda para
acceder a esto, y la quietud y la escucha no siempre son
suficiente.” Esto, me temo, indica una comprensión
insuficiente de qué es la quietud. Mucha gente habla de la
quietud y muchos incluyen la palabra quietud en su
enseñanza, pero muy pocos parecen entender el estado de ser
que es la quietud.
Si alguien se estuviera ahogando, yo ciertamente le lanzaría un
flotador. De hecho, en el pasado, en dos ocasiones me he
metido en el agua y los he sacado. En ambos casos apliqué
una técnica de respiración muy mecánica. Uno se recuperó. El
otro no, porque había estado bajo el agua 10 minutos cuando
lo descubrí, y estuve 20 minutos haciéndole la respiración
boca a boca hasta que llegaron los médicos y se encargaron
del caso.
Por otra parte, cuando la gente viene a mí voluntariamente y me dice:
“No tengo ninguna enfermedad concreta, ¡simplemente siento
que hay algo más!” o “Siento que he perdido algo en algún
momento de mi vida”, simplemente me siento en absoluta
quietud mental y escucho. ¡En el vacío se cuenta la
historia! No hay consejo, no hay juicio, sólo vacío. En la
escucha reside la curación y la profundidad del vacío
refleja, muy a menudo, la profundidad de la sanación.
Tal vez os interese saber que el ideograma chino que significa
“escuchar” contiene cinco elementos: oreja, tú, ojos,
atención no-dividida y corazón.
Tal vez te gustaría decir: “Sí, ¿pero qué tiene esto que ver con la
Terapia Craneosacral?” La respuesta es: nada si consideras
la TCS como una modalidad puramente mecánica, pero tal vez
todo si dejas de limitar lo que es la TCS y te abres a la
posibilidad de que, como dijo el Buda, la iluminación está
en el cuerpo. Si es ahí donde eliges trabajar, eso es lo que
hallarás.
Muchos terapeutas, de muchos países, vienen a los cursos simplemente
para obtener validación de sus experiencias surgidas cuando
trabajan con clientes a niveles muy profundos. Estas
experiencias a veces están en aparente contradicción con
experiencias que tal vez les han enseñado que deberían estar
teniendo.
Como casi todo estado o condición, la quietud puede ser interpretada a
muchos niveles, y ya hemos examinado esto de algún modo en
el Capítulo 1. Merece la pena repetir que hay un nivel de
quietud perfectamente válido que simplemente significa no
moverse. Hay otro nivel de quietud perfectamente válido que
implica que hay movimiento, pero el observador no está
apegado al movimiento. Pero hay un nivel aún más profundo de
quietud que simplemente es la fuente de toda creación.
La dificultad siempre se produce cuando se confunde un nivel con otro.
“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios.”
Al nivel más profundo no se puede trabajar con el Espíritu en
una relación sujeto/objeto, simplemente una expresión
dinámica del Espíritu.
Este nivel no es alcanzable desde el ego o el intelecto. No me cabe
duda de que la ruta hacia la práctica a este nivel es la
rendición. Una de las ventajas de la rendición es que,
cuando es verdadera, ya no es necesario afirmar que la
experiencia de otra persona está equivocada. ¡Es muy
agradable percibir diferencias! Tal vez estoy hablando de la
ancianidad, ¡es tan cómoda!
Ésta no es una propuesta para librarse del ego y/o del intelecto, sino
más bien para rendirlos de vez en cuando a Dios, el Tao, el
Espíritu, cualquiera que sea el nombre que elijas darle. La
rendición, como concepto, no es especialmente popular, tiene
connotaciones desafortunadas y da mucho miedo. Pero aquí hay
una cita relevante:
“El sabio nunca intenta almacenar cosas
Cuanto más hace por los demás, más tiene.
Cuanto más da a los demás, mayor su abundancia.
El Tao del cielo es afilado pero no daña.
El Tao del sabio es trabajo sin esfuerzo.”
Lo extraño del camino espiritual es que cuanto más profundiza uno en
él, más ordinario parece —es el ego quien quiere ser
especial— y lo que había sido normal empieza a resultar
horriblemente patológico: lo que de hecho es, pues nunca ha
sido nada más que una acumulación crónica de experiencias de
vida no digerida.
Como dijo Chogyam Trungpa: “Si consideramos que algo es valioso y
extraordinario, acaba separándose mucho de nosotros.”
Permitidme que ahora Gary Roba, un antiguo alumno de Oregón, comparta
con nosotros su informe de una sesión de tratamiento
reciente:
“Se me pidió que diera una sesión al gatito de una amiga, que estaba
muy tenso después de haber sido castrado: había sufrido un
completo cambio de personalidad. Inicialmente el gato no se
acercaba a mí ni a su dueña, de modo que le pregunté si
podía tomarme mi tiempo y ella dijo que sí. Me di cuenta de
que había un radiador en la otra habitación, de modo que fue
allí y me tumbé en el suelo a su lado, disfrutando del
calor. Evidentemente, después de un rato el gatito se acercó
a mí para investigarme. Yo le dejé. Cuando empecé a extender
una mano, él se retiró, de modo que esperé un poco más.
Después se acercó su hermana y se tumbó entre el radiador y
yo, y un minuto después él se tumbó sobre su hermana, con su
cabeza sobre la pelvis de ella. Esta vez, cuando extendí la
mano no se retiró, de modo que acabé con dos dedos en las
patas de atrás de la hermana y dos dedos en las patas
delanteras del hermano. Todos estábamos cogidos de la mano.
El hermano estaba tan tenso por dentro como pueda estarlo un
gato, y la forma de esa energía estaba acumulada sobre su
hermana. Estaban vinculados por ella. En un momento dado
ocurrió algo, sus energías se separaron y esa tensión como
de hierro que sufría el hermano empezó a fundirse. La
hermana se puso de pie y se alejó, dejándome con su hermano,
que continuó abriéndose y ablandándose por dentro.
Posteriormente, cuando su dueña lo recogió del suelo, lo
encontró totalmente pasivo, “pasó de estar extremadamente
tenso a estar completamente relajado en el espacio de una
hora”. Entonces pregunté cuál era el nombre del gatito, y
ella dijo: “Le llamamos Bobo. Entonces explicó que le habían
castrado porque trataba de emparejarse obsesivamente con su
hermana. La sesión pareció haber ayudado mucho a Bobo.”
Aquí, en
Oklahoma, a primeros de abril, los cerezos silvestres y los
árboles del amor están plenamente florecidos. Las azaleas no
se quedan atrás, y en medio de este despliegue primaveral mi
mente ha vuelto a un momento anterior de este año que me ha
cambiado de manera inexpresada.
Al final de
enero estaba en Duncton Mill para la segunda parte del curso
La Bendición de Ser Ordinario. A comienzos de la semana
estábamos haciendo algunos cantos y movimientos con una
profesora visitante… Después de que se produjera una de las
experiencias, la profesora y Mike dieron la vuelta al
círculo preguntándonos: “¿Dónde estás?”. Cuando llegó a
Andreas, éste simplemente replicó: “Estoy esperando”. Ella
se detuvo y esperó que dijera algo más, y volvió a
preguntarle: “¿Dónde estás, Andreas?” y él respondió: “Estoy
esperando”.
Hubo un largo
silencio, y antes de que ella pudiera volver a preguntarle,
Mike intervino desde el fondo de la habitación y clarificó
el asunto: “Andreas está esperando. Él no está esperando
algo, simplemente está esperando.”
Pienso que en
ese momento lo pillé. Hasta la mañana siguiente no me di
cuenta que sólo “lo había pillado” a nivel intelectual.
Me encanta
levantarme pronto e ir a correr o a caminar para empezar el
día. De modo que, a la mañana siguiente, temprano, me dirigí
a la colina y tomé la carretera al pueblo de Sutton. Aún
estaba oscuro, antes del amanecer, y podía distinguir el
horizonte a distancia. Estaba en una meditación en
movimiento, y de repente un viejo árbol desnudo dibujó su
silueta delante de mí con el horizonte invernal de fondo. Y
en ese momento me habló claramente: “Estoy esperando”.
Algo se movió
profundamente en ese momento en mi cuerpo y en mi ser. Yo
había cambiado. Era diferente. Las palabras no pueden
expresar plenamente ese momento y experiencia. Me aventuré a
decir posteriormente a la clase que había sido una epifanía.
Para mí, ahora, fue un momento de realización de Dios, un
momento que nunca se irá y que está vivo dentro de mí
mientras escribo esto.
Entonces supe,
de manera más profunda y nueva, que el árbol simplemente
estaba diciendo: “Estoy esperando: el sol saldrá; el sol se
pondrá; la savia dentro de mí se agitará en lo profundo de
mis raíces y ramas a medida que se acerque la primavera; mis
hojas saldrán y experimentarán una primavera y un verano
gloriosos; mis hojas morirán y caerán; mis ramas volverán a
estar desnudas”; y así sucesivamente. El árbol está
esperando.
Seguí corriendo
mientras rumiaba estas ideas y esta nueva toma de
conciencia. Y entonces experimenté más plenamente: “Estoy
corriendo” y todo lo que acompañaba a eso; “Estoy
escuchando”, y todo lo que venía con eso. Ahora cada momento
de mi vida emerge desde un nuevo nivel que no había
experimentado antes, gracias a Andreas (y a la
interpretación de Mike) y al árbol de South Downs.