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CONVERSACIONES EN QUIETUD

CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall

Capítulo 6

El espíritu encarnado

Ya ha pasado fin de año y ha sido mi cumpleaños. Ahora se ha pasado el susto y hemos recuperado la normalidad.

Algunos miembros de mi familia han sido capaces de presentarse y participar en el cumpleaños. Ésta es una fotografía de mis nietos hace un par de años, en mi 75 cumpleaños.

 

No sé cuándo nos volveremos a juntar todos. Ellos crecen, se mueven y dos han emigrado recientemente a Australia.

En cualquier caso, ¡he dado la ORDEN para mi octogésimo cumpleaños! [80 años] ¡Nada de apegos por aquí! ¿Entendido?

A menudo se me anima a que haga mis escritos menos densos, a que lo aligere un poco.

Lo que quiero hacer este mes es tratar de ampliar la idea que surgió en el último párrafo, de que no podemos trabajar con el Espíritu, como yo solía decir, (daba un curso titulado “Trabajar con el Espíritu”), sino que tenemos que convertirnos en él. Ésta es la razón por la que el curso que ahora ofrezco lleva por título “La encarnación del Espíritu”. Encarnación es la palabra justa, pues el mecanismo sensorio de cualquier experiencia está aquí mismo, no en el Cielo, ni en el infierno, ni en el bardo, ni en ninguna otra parte. Esto es ello, y no hay ningún otro ello. Cómo conseguir tomar conciencia de “ello” es otra historia muy, muy larga. O bien es una historia muy corta: ¡Estate presente!

Ahora viene otra hipótesis muy densa, me temo… ¡no hay karma en el verdadero presente! Esto necesita un extenso comentario, que tal vez haga en otra parte, pero, entre tanto, tal vez merezca la pena considerarlo momentáneamente.

No considero que el Espíritu sea un objeto ahí fuera con el que podamos trabajar como podríamos hacerlo, por ejemplo, con el miedo o la ira, o con la felicidad y la alegría. Más bien, veo el Espíritu como la Fuente; lo que está ahí como fundamento, cuando soltamos todo apego al yo ilusorio, al que nos aferramos con tanta desesperación. Volvemos a la rendición y al “dejarnos caer por el precipicio” que ya hemos comentado.

Si el Espíritu no es una forma, sino que más bien es análogo al fundamento, algo, un concepto si queréis, que simplemente es, entonces se vuelve muy difícil enseñarlo como sujeto. De hecho, yo llegaría a decir que no puede ser enseñado. Digo, no obstante, que puede ser experimentado.

El Tao puede ser recibido pero no enseñado:

Es muy extraño lo que experimento, en mi intento de enseñar lo in-enseñable. Lo que en realidad ocurre es algo parecido a lo siguiente: Nosotros, el grupo, meditamos un rato —unos 40 minutos— y después yo hablo durante otro rato sobre cualquier cosa que haya surgido en la meditación, o sobre algo que haya traído conmigo. Alguien plantea una pregunta y la comentamos, y entonces, en un momento dado, generalmente ocurre; me doy cuenta que necesito escuchar lo que estoy diciendo, pues no sabía que sabía eso o que pensaba así.

Ése es un momento mágico en el que ahora confío, y no puede ser buscado, simplemente se presenta ahí en un momento dado. Lo mismo ocurre, a veces, cuando estoy escribiendo y el trabajo hace el trabajo, y yo puedo quitarme de en medio.

No viene de otra parte; no es que venga de otra parte, este concepto me resulta muy difícil… sino que más bien es un dar voz a la presencia, colectiva, de todo el grupo. Una auténtica práctica compartida. En el caso de la escritura, una vez más, es algo que está allí mismo, y se produce un acceso a esa “comunalidad” de experiencia que todos llevamos con nosotros, y que se pone a nuestra disposición cuando permitimos que se exprese la profundidad mental adecuada, y el intelecto personal está aquietado.

Soy un poco fan de Rupert Sheldrake y su Campo Morfogenético. Ese campo, o Espíritu, no está en alguna parte ahí fuera, ni es algo que yo haya adquirido y que ahora esté en mi intelecto. Más bien es la experiencia colectiva humana cuando dejamos de estar separados. Aquí estamos hablando de la misma separación que está retratada de manera tan colorista en la historia de Adán y Eva. Sugiero que un modo de entender esta historia es como el emerger original del ego y del individuo, y la pérdida de conciencia de la comunalidad con la Inteligencia misma. Tengo cuidado de decir pérdida de conciencia, pues el Espíritu no puede perderse, sólo extraviarse.

Resulta más fácil acceder a este estado, o cualquier cosa que elijamos llamarlo, con la práctica. Práctica es una palabra muy utilizada por los buscadores de diversos tipos, y yo considero que significa estar en un camino. No creo que signifique alcanzar un objetivo. Eso parece más bien Materialismo Espiritual, y presenta dos problemas: el primero es que nunca estamos presentes, siempre estamos intentando ser algo que no somos o estar donde no estamos; y segundo, que presuponemos que sabemos cuál es el objetivo. Esto, en sí mismo, es por fuerza una limitación.

Estar en un camino es paradójico: ciertamente, en la manera de hablar más habitual, sugiere una progresión lineal; pero, en otro contexto, se pone el acento sobre la palabra estar* [sobre la palabra ser]. Según esta interpretación el ser también es el camino y, así, presencia es todo lo que hay. No hay que ir a otra parte, simplemente se trata de expandir la conciencia de dónde uno está. El camino, entonces, es expansión de, no de progreso hacia. Me gusta este concepto, pues habla vigorosamente del Principio Femenino de nutrición, contacto y acogida, más que de ir ahí fuera y descubrir lo nuevo y lo heroico. Por supuesto, hay lugar para ambos: simplemente siento que hemos perdido el equilibrio y, por lo tanto, tiendo a empujar el péndulo todo lo que puedo hacia lo Femenino, que ha sufrido durante demasiado tiempo, (tanto en hombres como en mujeres).

Así, en términos de práctica, de la modalidad que fuere, y tomando como vehículo los diversos elementos que hemos tocado hasta ahora, como la práctica compartida, o colectiva, y la presencia, precedida por la meditación, yo experimento, y el feedback lo confirma, que ese estado profundo, o nivel de ser, es tocado en el cliente. No es necesario que el cliente sea consciente, pues ha sido tocado en el nivel en el que no hay un yo/ella, ni un suyo/mío. Sólo hay presencia, y partir de esa presencia, que es Espíritu, puede ocurrir un nuevo nacimiento. Ese nuevo nacimiento no tiene por que llevar toda la continuidad de material, las historias que llevamos con nosotros y con las que nos hemos identificado. El renacimiento es posible aquí y ahora. De hecho, si pensamos con claridad sobre esta declaración, el renacimiento sólo puede ocurrir aquí y ahora. Esto es la verdad, y cualquier otra cosa es un concepto sobre otro tiempo o lugar hipotético, no una verdad.

* Aquí el autor hace uso de la palabra “being”, que en castellano puede ser traducida como “ser o estar”, haciendo referencia a la frase mencionada anteriormente estar en el camino. En este caso, aunque el autor referencia “being” a “estar”, la palabra debe ser traducida como “ser”.

He dicho antes que no es necesario que el cliente sepa. Quiero ser más radical y decir que ni el cliente ni el terapeuta son necesariamente conscientes de lo que está ocurriendo. Cualquier cosa que ocurra simplemente ocurre, y si no nos apegamos a nada de lo que aparece, es decir, si no nos apegamos a ningún objeto, y simplemente nos mantenemos aquietados, es posible que no sepamos lo que está ocurriendo. Simplemente ocurre. Cuando volvemos a un nivel de ser más cotidiano o mundano, lo que quiera que haya ocurrido es ahora el lugar de donde venimos, más que algo que observamos. El observador se expande. Todo el universo formulado queda modificado. “Yo (tú) soy (eres) la Marea y no hay separación”. Tat tvam asi. (tú eres eso), es otro modo de decirlo.

Cuando uno alcanza la realización de sí, uno realiza la naturaleza esencial del universo. La existencia de la dualidad sólo es una ilusión y cuando esa ilusión se deshace, la unidad primordial de la propia naturaleza y la naturaleza del universo se realiza, se hace real. Namkhai Norbu

Aquí está el otro lado de la moneda, que es más común. ¡Resueno muy bien con esto!

Un día mullah Nasrudín oyó que había recibido un mensaje especial del Sheik de Basora. Cuando fue a recogerlo, le dijeron que antes debía identificarse. Nasrudín pescó en los bolsillos de sus pantalones y sacó un espejo de latón. Mirándolo, dijo: “Sí, este soy yo”.
De: “Soul Food, Stories to Nourish the Spirit & the Heart”
Ed. Jack Kornfield & Christina Feldman.

Me parece muy desafortunado que haya tanta distancia entre lo que se considera sagrado y lo que se considera profano. Diciéndolo de otro modo, tenemos un concepto erróneo, diría yo, por el que establecemos una diferencia cualitativa entre la práctica espiritual y la medicina o la terapia. Los budistas tibetanos superan en cierta medida esta brecha, pues muchos de sus médicos son reconocidos maestros espirituales. No obstante, la desventaja de esto es que muchas veces no hay un sentido de práctica compartida, sino una jerarquía, un hacer y un recibir la acción.
Sin embargo, en nuestra cultura, hace ya tiempo que desapareció la idea de que la medicina es una práctica espiritual. Hay medicina corporal y mental, que en gran medida se mantienen separadas, y el espíritu preocupa poco.

Esto es extraño ya que, dejando de lado momentáneamente que (san) Lucas era médico, la cristiandad es una religión encarnada. La Eucaristía habla de esto, y uno de los pilares de la religión es que Jesús fue el hijo encarnado de Dios y, por tanto, y de manera muy definitiva, el Espíritu.

El budismo es menos divisor en términos de la relación entre Espíritu, Mente y Cuerpo, pero, de algún modo, ha institucionalizado la relación entre profesor y alumno, y entre médico y paciente.

En ambos casos, la causa es social, diría yo. Las estructuras sociales parecen insistir en que otra persona sabe más que nosotros sobre cómo deberíamos ser. Para poder relacionarnos con otro ser humano de manera curativa, tenemos que ser expertos. No expertos en ser un ser humano, sino expertos en enfermedades. Esto es triste, porque creo que se podría hacer mucho y, de hecho, hay lugares en los que se hace mucho, para aliviar la aflicción sin tener que abordarla directamente, sino dirigiéndose más bien a la fluidez que sigue estando allí, por debajo de la enfermedad.

No me quejo tanto de las jerarquías que he mencionado, tal vez forme parte de la naturaleza humana que algunos siempre sean más iguales que otros, sino más bien del hecho de que los profesores, de cualquier escuela filosófica que procedan, que se supone que son más conscientes de las dinámicas, colaboren con este estado de cosas. Para mí no tiene sentido que se le permita creer a la gente que el progreso espiritual consiste en la adopción generalizada de un trasfondo diferente, o, como yo le llamaría, un compost diferente del que ya tenemos. Todos tenemos muchas cosas que trabajar, y llevarlas a la conciencia, arrojar luz sobre ellas, y la subsiguiente retirada del juicio y del apego a ellas, produce exactamente la misma iluminación que la plena asimilación, y el desapego, de cualquier otro tipo de compost.

Tu ser es exactamente como debería ser. La tarea es tomar conciencia de ello. No convertirse en alguien, o algo, mejor. ¿Quién está emitiendo el juicio? Si soy yo, entonces, hablando personalmente, ¡yo no confiaría en ese juicio! Como el famoso dicho de Groucho Marx: “Nunca entraría en un club que me aceptara como miembro”.

La cristiandad, como los místicos cristianos siempre han tenido que afrontar, impone una mediación similar, la del sacerdote, entre La Inteligencia, Dios, y las formas que esa Inteligencia adopta. Esto limita a Dios, lo que sin duda puede ser la herejía definitiva. Define al Absoluto.

Nicolás de Cusa dijo, y esto es muy denso… El no-otro, es lo que yo estuve buscando durante muchos años mediante la coincidencia de los opuestos; el no-otro tiene que ser visto antes de cualquier afirmación o negación; viene antes de cualquier categoría positiva, sea la eternidad, la verdad, la existencia o la unidad. Al mismo tiempo, el no-otro existe antes de todo lo demás, de modo que tiene que estar presente en todo lo que aparece después de él, aunque una parte sea opuesta a otra, y este no-otro es el principio de la existencia y el conocimiento.

Ibn’ Arabi, por el contrario, hizo que el concepto medieval de humanidad de convirtiera en absoluto: en su filosofía, el ser humano se convierte en un sujeto universal que abraza la totalidad del universo. Este sujeto universal es capaz de descubrir la verdad última del mundo, pero esta verdad es muy distinta de la declarada por la filosofía occidental reciente.

Lao Tsé dijo: El Tao que puede ser descrito, no es el verdadero Tao.

Me gusta mucho pensar que cualquier cosa que ocurre cuando practico mi modalidad terapéutica es mi práctica espiritual, que comparto en comunión.

Yo tengo una visión, una intuición, de que lo que nos separa es minúsculo en comparación con lo que tenemos en común (no puedo probarlo, pero la física lo hace) y que lo que tenemos en común es, evidentemente, el Espíritu. Ésta, entonces, es la salud que deberíamos buscar, en lugar de seguir fortaleciendo, con nuestra atención, las diferencias, que son la patología.

Creo que podemos prestar un gran servicio facilitando, lo mejor que sepamos, la realización, en los demás, de su verdadera identidad.

Hemos de hacer esto renunciando a ese espejismo que es nuestro yo personal.

Eso sería verdaderamente biodinámico.

Cuando estoy en contacto con los demás, particularmente a nivel profundo, estoy en contacto con ese eso que yo también soy —el Espíritu—, de ahí la fotografía de mis nietos en el encabezamiento del capítulo.

El ser humano es parte de una totalidad que nosotros denominamos el universo… Nos experimentamos a nosotros mismos, nuestros pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto. Es una especie de ilusión óptica de la conciencia. Esta ilusión es una especie de prisión para nosotros, que nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto de las pocas personas que tenemos más cerca. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos a nosotros mismos de la prisión ensanchando nuestro círculo de compasión para abrazar a todas las criaturas vivas y la totalidad de la naturaleza en su belleza. El verdadero valor del ser humano queda determinado por la medida y el sentido en que ha obtenido la liberación del yo. Necesitaremos una manera de pensar sustancialmente diferente si la humanidad ha de sobrevivir.
Albert Einstein.

¿Sabíais que Einstein era budista? Yo no creo que lo supiera, pero tampoco creo que se sentiría insultado.

Esto, también, soy yo…

…otro ser sensible.


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