No sé cuándo nos volveremos a juntar
todos. Ellos crecen, se mueven y dos han emigrado
recientemente a Australia.
En cualquier caso, ¡he dado la ORDEN para
mi octogésimo cumpleaños! [80 años] ¡Nada de apegos por
aquí! ¿Entendido?
A menudo se me anima a que haga mis
escritos menos densos, a que lo aligere un poco.
Lo que quiero hacer este mes es tratar de
ampliar la idea que surgió en el último párrafo, de que no
podemos trabajar con el Espíritu, como yo solía decir, (daba
un curso titulado “Trabajar con el Espíritu”), sino que
tenemos que convertirnos en él. Ésta es la razón por la que
el curso que ahora ofrezco lleva por título “La encarnación
del Espíritu”. Encarnación es la palabra justa, pues el
mecanismo sensorio de cualquier experiencia está aquí mismo,
no en el Cielo, ni en el infierno, ni en el bardo, ni en
ninguna otra parte. Esto es ello, y no hay ningún otro ello.
Cómo conseguir tomar conciencia de “ello” es otra historia
muy, muy larga. O bien es una historia muy corta: ¡Estate
presente!
Ahora viene otra hipótesis muy densa, me
temo… ¡no hay karma en el verdadero presente! Esto necesita
un extenso comentario, que tal vez haga en otra parte, pero,
entre tanto, tal vez merezca la pena considerarlo
momentáneamente.
No considero que el Espíritu sea un
objeto ahí fuera con el que podamos trabajar como podríamos
hacerlo, por ejemplo, con el miedo o la ira, o con la
felicidad y la alegría. Más bien, veo el Espíritu como la
Fuente; lo que está ahí como fundamento, cuando soltamos
todo apego al yo ilusorio, al que nos aferramos con tanta
desesperación. Volvemos a la rendición y al “dejarnos caer
por el precipicio” que ya hemos comentado.
Si el Espíritu no es una forma, sino que
más bien es análogo al fundamento, algo, un concepto si
queréis, que simplemente es, entonces se vuelve muy difícil
enseñarlo como sujeto. De hecho, yo llegaría a decir que no
puede ser enseñado. Digo, no obstante, que puede ser
experimentado.
El Tao puede ser recibido pero no
enseñado:
Es muy extraño lo que experimento, en mi
intento de enseñar lo in-enseñable. Lo que en realidad
ocurre es algo parecido a lo siguiente: Nosotros, el grupo,
meditamos un rato —unos 40 minutos— y después yo hablo
durante otro rato sobre cualquier cosa que haya surgido en
la meditación, o sobre algo que haya traído conmigo. Alguien
plantea una pregunta y la comentamos, y entonces, en un
momento dado, generalmente ocurre; me doy cuenta que
necesito escuchar lo que estoy diciendo, pues no sabía que
sabía eso o que pensaba así.
Ése es un momento mágico en el que ahora
confío, y no puede ser buscado, simplemente se presenta ahí
en un momento dado. Lo mismo ocurre, a veces, cuando estoy
escribiendo y el trabajo hace el trabajo, y yo puedo
quitarme de en medio.
No viene de otra parte; no es que venga
de otra parte, este concepto me resulta muy difícil… sino
que más bien es un dar voz a la presencia, colectiva, de
todo el grupo. Una auténtica práctica compartida. En el caso
de la escritura, una vez más, es algo que está allí mismo, y
se produce un acceso a esa “comunalidad” de experiencia que
todos llevamos con nosotros, y que se pone a nuestra
disposición cuando permitimos que se exprese la profundidad
mental adecuada, y el intelecto personal está aquietado.
Soy un poco fan de Rupert Sheldrake y su
Campo Morfogenético. Ese campo, o Espíritu, no está en
alguna parte ahí fuera, ni es algo que yo haya adquirido y
que ahora esté en mi intelecto. Más bien es la experiencia
colectiva humana cuando dejamos de estar separados. Aquí
estamos hablando de la misma separación que está retratada
de manera tan colorista en la historia de Adán y Eva.
Sugiero que un modo de entender esta historia es como el
emerger original del ego y del individuo, y la pérdida de
conciencia de la comunalidad con la Inteligencia misma.
Tengo cuidado de decir pérdida de conciencia, pues el
Espíritu no puede perderse, sólo extraviarse.
Resulta más fácil acceder a este estado,
o cualquier cosa que elijamos llamarlo, con la práctica.
Práctica es una palabra muy utilizada por los buscadores de
diversos tipos, y yo considero que significa estar en un
camino. No creo que signifique alcanzar un objetivo. Eso
parece más bien Materialismo Espiritual, y presenta dos
problemas: el primero es que nunca estamos presentes,
siempre estamos intentando ser algo que no somos o estar
donde no estamos; y segundo, que presuponemos que sabemos
cuál es el objetivo. Esto, en sí mismo, es por fuerza una
limitación.
Estar en un camino es paradójico:
ciertamente, en la manera de hablar más habitual, sugiere
una progresión lineal; pero, en otro contexto, se pone el
acento sobre la palabra estar* [sobre la palabra ser]. Según
esta interpretación el ser también es el camino y, así,
presencia es todo lo que hay. No hay que ir a otra parte,
simplemente se trata de expandir la conciencia de dónde uno
está. El camino, entonces, es expansión de, no de progreso
hacia. Me gusta este concepto, pues habla vigorosamente del
Principio Femenino de nutrición, contacto y acogida, más que
de ir ahí fuera y descubrir lo nuevo y lo heroico. Por
supuesto, hay lugar para ambos: simplemente siento que hemos
perdido el equilibrio y, por lo tanto, tiendo a empujar el
péndulo todo lo que puedo hacia lo Femenino, que ha sufrido
durante demasiado tiempo, (tanto en hombres como en
mujeres).
Así, en términos de práctica, de la
modalidad que fuere, y tomando como vehículo los diversos
elementos que hemos tocado hasta ahora, como la práctica
compartida, o colectiva, y la presencia, precedida por la
meditación, yo experimento, y el feedback lo confirma, que
ese estado profundo, o nivel de ser, es tocado en el
cliente. No es necesario que el cliente sea consciente, pues
ha sido tocado en el nivel en el que no hay un yo/ella, ni
un suyo/mío. Sólo hay presencia, y partir de esa presencia,
que es Espíritu, puede ocurrir un nuevo nacimiento. Ese
nuevo nacimiento no tiene por que llevar toda la continuidad
de material, las historias que llevamos con nosotros y con
las que nos hemos identificado. El renacimiento es posible
aquí y ahora. De hecho, si pensamos con claridad sobre esta
declaración, el renacimiento sólo puede ocurrir aquí y
ahora. Esto es la verdad, y cualquier otra cosa es un
concepto sobre otro tiempo o lugar hipotético, no una
verdad.
* Aquí el autor
hace uso de la palabra “being”, que en castellano puede
ser traducida como “ser o estar”, haciendo referencia a
la frase mencionada anteriormente estar en el camino. En
este caso, aunque el autor referencia “being” a “estar”,
la palabra debe ser traducida como “ser”.
He dicho antes que no es necesario que el
cliente sepa. Quiero ser más radical y decir que ni el
cliente ni el terapeuta son necesariamente conscientes de lo
que está ocurriendo. Cualquier cosa que ocurra simplemente
ocurre, y si no nos apegamos a nada de lo que aparece, es
decir, si no nos apegamos a ningún objeto, y simplemente nos
mantenemos aquietados, es posible que no sepamos lo que está
ocurriendo. Simplemente ocurre. Cuando volvemos a un nivel
de ser más cotidiano o mundano, lo que quiera que haya
ocurrido es ahora el lugar de donde venimos, más que algo
que observamos. El observador se expande. Todo el universo
formulado queda modificado. “Yo (tú) soy (eres) la Marea y
no hay separación”. Tat tvam asi. (tú eres eso), es otro
modo de decirlo.
Cuando uno alcanza la realización de
sí, uno realiza la naturaleza esencial del universo. La
existencia de la dualidad sólo es una ilusión y cuando esa
ilusión se deshace, la unidad primordial de la propia
naturaleza y la naturaleza del universo se realiza, se hace
real. Namkhai Norbu
Aquí está el otro lado de la moneda, que
es más común. ¡Resueno muy bien con esto!
Un día mullah Nasrudín oyó que había
recibido un mensaje especial del Sheik de Basora. Cuando fue
a recogerlo, le dijeron que antes debía identificarse.
Nasrudín pescó en los bolsillos de sus pantalones y sacó un
espejo de latón. Mirándolo, dijo: “Sí, este soy yo”.
De: “Soul Food, Stories to Nourish the Spirit & the
Heart”
Ed. Jack Kornfield & Christina Feldman.
Me parece muy desafortunado que haya
tanta distancia entre lo que se considera sagrado y lo que
se considera profano. Diciéndolo de otro modo, tenemos un
concepto erróneo, diría yo, por el que establecemos una
diferencia cualitativa entre la práctica espiritual y la
medicina o la terapia. Los budistas tibetanos superan en
cierta medida esta brecha, pues muchos de sus médicos son
reconocidos maestros espirituales. No obstante, la
desventaja de esto es que muchas veces no hay un sentido de
práctica compartida, sino una jerarquía, un hacer y un
recibir la acción.
Sin embargo, en nuestra cultura, hace ya tiempo que
desapareció la idea de que la medicina es una práctica
espiritual. Hay medicina corporal y mental, que en gran
medida se mantienen separadas, y el espíritu preocupa poco.
Esto es extraño ya que, dejando de lado
momentáneamente que (san) Lucas era médico, la cristiandad
es una religión encarnada. La Eucaristía habla de esto, y
uno de los pilares de la religión es que Jesús fue el hijo
encarnado de Dios y, por tanto, y de manera muy definitiva,
el Espíritu.
El budismo es menos divisor en términos
de la relación entre Espíritu, Mente y Cuerpo, pero, de
algún modo, ha institucionalizado la relación entre profesor
y alumno, y entre médico y paciente.
En ambos casos, la causa es social, diría
yo. Las estructuras sociales parecen insistir en que otra
persona sabe más que nosotros sobre cómo deberíamos ser.
Para poder relacionarnos con otro ser humano de manera
curativa, tenemos que ser expertos. No expertos en ser un
ser humano, sino expertos en enfermedades. Esto es triste,
porque creo que se podría hacer mucho y, de hecho, hay
lugares en los que se hace mucho, para aliviar la aflicción
sin tener que abordarla directamente, sino dirigiéndose más
bien a la fluidez que sigue estando allí, por debajo de la
enfermedad.
No me quejo tanto de las jerarquías que
he mencionado, tal vez forme parte de la naturaleza humana
que algunos siempre sean más iguales que otros, sino más
bien del hecho de que los profesores, de cualquier escuela
filosófica que procedan, que se supone que son más
conscientes de las dinámicas, colaboren con este estado de
cosas. Para mí no tiene sentido que se le permita creer a la
gente que el progreso espiritual consiste en la adopción
generalizada de un trasfondo diferente, o, como yo le
llamaría, un compost diferente del que ya tenemos. Todos
tenemos muchas cosas que trabajar, y llevarlas a la
conciencia, arrojar luz sobre ellas, y la subsiguiente
retirada del juicio y del apego a ellas, produce exactamente
la misma iluminación que la plena asimilación, y el
desapego, de cualquier otro tipo de compost.
Tu ser es exactamente como debería ser.
La tarea es tomar conciencia de ello. No convertirse en
alguien, o algo, mejor. ¿Quién está emitiendo el juicio? Si
soy yo, entonces, hablando personalmente, ¡yo no confiaría
en ese juicio! Como el famoso dicho de Groucho Marx: “Nunca
entraría en un club que me aceptara como miembro”.
La cristiandad, como los místicos
cristianos siempre han tenido que afrontar, impone una
mediación similar, la del sacerdote, entre La Inteligencia,
Dios, y las formas que esa Inteligencia adopta. Esto limita
a Dios, lo que sin duda puede ser la herejía definitiva.
Define al Absoluto.
Nicolás de Cusa dijo, y esto es muy
denso… El no-otro, es lo que yo estuve buscando durante
muchos años mediante la coincidencia de los opuestos; el
no-otro tiene que ser visto antes de cualquier afirmación o
negación; viene antes de cualquier categoría positiva, sea
la eternidad, la verdad, la existencia o la unidad. Al mismo
tiempo, el no-otro existe antes de todo lo demás, de modo
que tiene que estar presente en todo lo que aparece después
de él, aunque una parte sea opuesta a otra, y este no-otro
es el principio de la existencia y el conocimiento.
Ibn’ Arabi, por el contrario, hizo que el
concepto medieval de humanidad de convirtiera en absoluto:
en su filosofía, el ser humano se convierte en un sujeto
universal que abraza la totalidad del universo. Este sujeto
universal es capaz de descubrir la verdad última del mundo,
pero esta verdad es muy distinta de la declarada por la
filosofía occidental reciente.
Lao Tsé dijo: El Tao que puede ser
descrito, no es el verdadero Tao.
Me gusta mucho pensar que cualquier cosa
que ocurre cuando practico mi modalidad terapéutica es mi
práctica espiritual, que comparto en comunión.
Yo tengo una visión, una intuición, de
que lo que nos separa es minúsculo en comparación con lo que
tenemos en común (no puedo probarlo, pero la física lo hace)
y que lo que tenemos en común es, evidentemente, el
Espíritu. Ésta, entonces, es la salud que deberíamos buscar,
en lugar de seguir fortaleciendo, con nuestra atención, las
diferencias, que son la patología.
Creo que podemos prestar un gran servicio
facilitando, lo mejor que sepamos, la realización, en los
demás, de su verdadera identidad.
Hemos de hacer esto renunciando a ese
espejismo que es nuestro yo personal.
Eso sería verdaderamente biodinámico.
Cuando estoy en contacto con los demás,
particularmente a nivel profundo, estoy en contacto con ese
eso que yo también soy —el Espíritu—, de ahí la fotografía
de mis nietos en el encabezamiento del capítulo.
El ser humano es parte de una
totalidad que nosotros denominamos el universo… Nos
experimentamos a nosotros mismos, nuestros pensamientos y
sentimientos, como algo separado del resto. Es una especie
de ilusión óptica de la conciencia. Esta ilusión es una
especie de prisión para nosotros, que nos restringe a
nuestros deseos personales y al afecto de las pocas personas
que tenemos más cerca. Nuestra tarea debe ser la de
liberarnos a nosotros mismos de la prisión ensanchando
nuestro círculo de compasión para abrazar a todas las
criaturas vivas y la totalidad de la naturaleza en su
belleza. El verdadero valor del ser humano queda determinado
por la medida y el sentido en que ha obtenido la liberación
del yo. Necesitaremos una manera de pensar sustancialmente
diferente si la humanidad ha de sobrevivir.
Albert Einstein.
¿Sabíais que Einstein era budista? Yo no
creo que lo supiera, pero tampoco creo que se sentiría
insultado.