CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall
Capítulo 3
Un cuenco vacío
Tengo un cuenco
de metal
Fue fabricado por los últimos miembros de un linaje de
fabricantes de cuencos.
Está vacío, aunque el Océano está en él.
Si lo golpeo, suena, y eso es útil.
Puedo poner flores dentro de él, y eso es bello, y útil, pero
entonces no suena.
Mi nieto podría mear dentro de él, y probablemente lo haría, y
eso sería útil, pero
no sonaría.
Si me aproximo a él desde la quietud y comparto mi práctica con
él, canta de manera muy hermosa
Y el sonido recorre el universo
Y eso es muy útil
Y el cuenco está vacío.
Tengo una mente.
Fue creada en la eternidad
Y si contiene pensamientos, eso es útil.
Y si contiene lesiones, y límites de resistencia, eso es útil.
Y a veces está llena de rosas y a veces llena de pis
Y puedo trabajar con eso, y es útil.
Pero si está vacía y puedo aproximarme a otro desde la quietud,
Hay espacio para que se cuente toda la historia, y ella recuerda
quien es verdaderamente
Y el universo recuerda lo que él es
Y eso es verdaderamente útil
Y la mente está vacía.
Estoy convencido de que cualquier tipo de
trabajo del que verdaderamente podamos decir que es un
trabajo “con el Espíritu” no es algo que un terapeuta, o
cualquier agente, hace a otro, el cliente, sino que más bien
es una revelación de la sinergia que está presente cuando
dos o más personas emprenden un viaje en práctica
compartida.
El poema anterior tiene la intención de
reflejar esto.
Existen muchos niveles de trabajo, y no
creo que pueda decir que uno es mejor que los demás. Cada
uno tiene su momento y su lugar. Sin embargo, puedo decir
que son diferentes.
Si en algún momento de torpeza, por mi
falta de atención me disloco el dedo, buscaré que me lo
recoloquen de manera mecánica, rápida y eficiente. Y
probablemente miraré hacia otro lado mientras lo hacen. Si
sólo consigo un aprobado en un examen en el que esperaba
obtener una calificación de sobresaliente, tengo varias
opciones; puedo visitar a mi terapeuta y preguntarle por
algún curso para lidiar con la decepción y la ira; puedo
meditar sobre el apego, o puedo visitar el pub local con un
par de amigos hasta perder el sentido y después, tras unos
días de rehabilitación, volver a empezar con un poco más de
enfoque. Cualquiera de estas cosas podrían resultar
eficaces, y todas tienen que ver con llegar a “aceptar” el
resultado.
Sin embargo, hay sufrimientos a niveles
más profundos, a los que no parecen llegar ni los métodos
del cerebro izquierdo ni los del cerebro derecho, o en los
que el alivio sólo es temporal, o puede parecer
satisfactorio, pero al poco tiempo le sigue otro síntoma que
no parece estar relacionado con lo ocurrido anteriormente.
Creo que hay una razón fisiológica para
esto en el hecho de que el trauma relacionado con un
hemisferio puede escapar al otro, y los hemisferios operan
alternativamente, proveyendo una vía de escape. En lugar de
continuar con este baile a perpetuidad, la respuesta tal vez
resida en trabajar a un nivel tan profundo, tan interior a
la expansión del cuerpo-mente desde su núcleo, que, de
hecho, el trabajo se realice “por debajo de” el trauma. No
se trata de regresar en el tiempo lineal a un momento
anterior del calendario —no podemos hacer eso—, sino de una
interiorización hacia el corazón de quienes verdaderamente
somos bajo la superficie que presentamos externamente. Me
gusta la palabra núcleo. El poema que encabeza el capítulo
también hace referencia a esta idea.
Tengo un ejemplo de esto;
Hace algunos años, había estado
trabajando varias sesiones con una paciente, llamémosla
Heather. Me había dado cuenta de que ciertos patrones
somáticos se repetían, seguían dando vueltas en círculos.
Había tomado un “historial muy detallado cuando empezamos a
trabajar juntos, y en su historia personal no había nada que
pareciera explicar los patrones de Heather, y ella no podía
arrojar luz sobre ellos.
Parecía que estábamos atascados, de modo
que me senté en completa quietud, sin hacer nada hasta que
me vino una idea: “Esto da sensación de electricidad”. Se lo
dije a Heather, que estaba un poco sorprendida y dijo: “Oh,
sí, me olvidé comentarte, yo misma lo había olvidado… pero
en una ocasión, hace algunos años, yo estaba en la
naturaleza, apoyada sobre el poste central (metálico) de una
gran tienda de campaña y estaba leyendo una carta que me
acababa de llegar. Era de una amiga que me contaba que un
ex_novio, con el que acababa de cortar, se había suicidado.
En parte, yo me había ido de safari para recuperarme del
dolor de la separación. En el momento en que estaba leyendo
esto, cayó un rayo sobre el poste de la tienda. Un asombroso
ejemplo de shock tanto para el cerebro izquierdo como para
el derecho.
Creo que la mayoría de las terapias,
convencionales o alternativas, habrían perseguido el trauma
de un hemisferio a otro, y éste no habría podido ser
liberado de su tumba.
Desde entonces Heather se ha convertido
en una buena amiga, y puedo decir sin temor a equivocarme
que está libre de este dolor y ha sido capaz de seguir
adelante de manera muy hermosa.
Los traumas muy profundos, aquellos que
podríamos etiquetar como “del Espíritu”, responden muy bien
a la Quietud. Tan sólo en la quietud es probable que haya
suficiente confianza para que se pueda contar toda la
historia. Cuando el cuenco está vacío de los confusos deseos
del terapeuta y de su necesidad de ayudar.
Este vacío no es fácil. Es extraño a
nuestra necesidad socialmente imbuida de ser competentes y
de saber lo que estamos haciendo. Intentaré ampliar esta
idea en un capítulo posterior.
Cualquier cosa que pueda decirse no
merece la pena ser dicha. Y lo que realmente merece la pena
decirse no puede ser dicho. El Tao que puede ser nombrado no
es el verdadero Tao.

Lau Tzu sobre su búfalo
Este vacío no es fácil. Es completamente
extraño a la necesidad imbuida por la sociedad de ser
competentes y de saber lo que estamos haciendo. Trataré de
ampliar este pensamiento en otro capítulo.
Cualquier cosa que pueda decirse, en
realidad no merece la pena decirse. Y lo que realmente
merece la pena decir no puede ser dicho. El Tao que puede
nombrarse no es el verdadero Tao.
Lao Tse en su búfalo
Lo que sigue es de Lynn Shorthouse,
terapeuta craneosacral, en su retiro invernal anual. Parece
reflejar la quietud y la bendición de la inseguridad.
Reflexiones desde un monasterio situada
en la montaña, inspiradas por Ajan Natthhiko.
Llego a este lugar a 1200 metros de
altura para realizar un retiro de 30 días. El silencio del
entorno de este monasterio es sanador. Las enseñanzas de
Ajan Sumedo, de la tradición Thai Forest Shanga, que emplea
“el sonido del silencio” como foco y objeto de meditación,
funcionan bien aquí. Éste es un monasterio bien gestionado,
aunque sólo tiene cuatro monjes en su retiro invernal y
cuatro ayudantes; no estamos demasiado organizados. La
tradicional historia judía: en el infierno, un demonio dice
al diablo: “Señor, señor, los humanos de la tierra están
empezando a descubrir los caminos de Dios. “No te preocupes”
dice el diablo, “sólo tenemos que organizarlos”.
Cuando el mundo en general y mi propia
vida parecen un lío, me da fuerzas ver y reconocer tanta
bondad. Aquí me siento segura y bien recibida, con unas
condiciones externas excepcionales. Y lo más importante: me
siento apoyada para dejarme ir y simplemente ser. Por
supuesto, experimento el espectro del sufrimiento humano. Mi
cuerpo enferma y me siento harta de mí misma y de los demás,
o empiezo a anhelar cosas que no hay aquí. A menudo siendo
una resistencia a lo que es, y a lo que no está ocurriendo,
o me pierdo en visiones o estados de ánimo, pero, de algún
modo, aquí sé que todas las emociones sentidas pueden ir y
venir, y, puedo llegar allí más fácilmente. Hay subidas y
bajadas naturales de mis niveles de energía y entusiasmo.
Algunos días el impulso y el ardor fluyen, con todos los
demás factores en equilibrio y armonía. Otros días todo
parece caerse a pedazos, como si mi práctica de meditación
fuera débil e ineficaz. Llego a darme cuenta de que mi
trabajo consiste únicamente en estar ahí, en sentarme y
caminar, independientemente de cómo me sienta.
Experimento este retiro invernal como un
modo de continuar descubriendo los caminos de “Dios” y de mí
misma. En este lugar, soy más capaz de estar en relación
conmigo misma y con los demás. Tengo planes para cuando
retorne del retiro, tanto a nivel personal como profesional,
de involucrarme en este proceso de vida, de escuchar a los
demás y ser escuchada. Y también de seguir mostrándome
curiosa y de aceptarme a mí misma y a los demás. Porque la
curación se producen cuando sabemos que somos “todos uno”,
conectados entre nosotros y con este mundo. Me parece
interesante que “desconectarse”, retirarse de los demás y
del mundo, es un modo de reconectar. Aquí tengo momentos en
que las creencias, pensamientos, ideas y sentimientos se
aúnan para convertirse en un único yo. Parece que mi trabajo
es hacer que las distintas partes de mi cuerpo y mente se
comuniquen. Si consigo esto, ellos pueden resolver sus
diferencias, equilibrarse y armonizarse. Esto no ocurre si
no comunican; abrazamos la unidad cuando damos atención a
partes de nosotros y de los demás que están aisladas o en
conflicto.
Aún me siento muy cerca del “no saber”
que experimenté al principio de la meditación, y ahora tengo
cierta experiencia de sentarme con la inseguridad del
trabajo. Describiría mi planteamiento como apasionado,
equilibrando la armonía de ser y hacer, la voluntad y la
rendición. Mi trabajo de aceptar la vida tal como es
continúa, con todo el sufrimiento y la pena. Mi trabajo es
hacerme amiga de mí misma tal como soy, y también hacerme
amiga de la vida tal como es. Tengo una voluntad genuina de
investigar y de firmar la paz conmigo misma, en un esfuerzo
equilibrado más que de manera forzada. Procuro mantenerme en
contacto con lo que está ocurriendo realmente, volviendo a
la conciencia del cuerpo; esto parece generar buena voluntad
hacia mí misma y hacia todos los seres vivos, empezando por
cualquier cosa de la que yo sea consciente, aunque parezca
trivial o mundana. Después escucho las voces de la mente sin
creérmelas necesariamente. Investigo de manera constante y
continuada todo lo que puedo.
Me doy cuenta de que no puedo hacer que
ocurra nada en mi práctica por más que lo intente. Continúo
aprendiendo que tanto lo agradable como lo desagradable
vienen y van. Todo se desarrolla; la tristeza y la felicidad
viene y van, y yo me encuentro con la experiencia
conscientemente en la medida de lo posible.
Me siento muy afortunada con mi pequeña
práctica craneosacral en Langport, que me permite vivir y
disfrutar una vida simple, a la que puedo volver. Me da la
oportunidad de conocer individuos y familias, y de ayudarles
a estar bien y a vivir vidas más plenas. Descubro que a
veces la gente que recibe tratamientos hace la conexión
entre lo físico, lo emocional y lo espiritual. Los logros en
el mundo externo son menos importantes que los cambios en mi
vida interna, porque descubrirnos a nosotros mismos es
descubrir el universo. Me siento retada de manera
continuada, y animada, y profundamente involucrada con la
vida.
Para más información: Tel. 96 320 74 71 o email:
advaitia@advaitia.com
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