ABRIL
En anteriores capítulos
hemos comentado temas como “deja que el trabajo haga el
trabajo” y hemos sugerido que cuanto más podamos apartarnos
del camino, cuanto más vacío esté el cuenco, más profundo
puede ser el renacimiento a una forma mejor adaptada y menos
inhibida.
La implicación de esto es
que cuanto más pierde su agarre el ego personal y
restringido, más estamos en contacto con un yo más verdadero
e ilimitado. El trabajo que surge desde este lugar de
comunalidad puede ser muy poderoso, incluso cambiar nuestra
vida, según informa mucha gente.
Es aquí donde empezamos a
tener pequeños problemas. Tenemos que soltar nuestros apegos
suficientemente para que el trabajo haga el trabajo. Después
volvemos a caer en el apego y queremos analizar qué trabajo
se ha realizado y cómo podríamos repetirlo. La rendición y
la confianza no son fáciles. Aceptar la singularidad de cada
situación tal como se revela es fácil teóricamente, pero
¿qué pasa con su práctica? La práctica tiene que ser
re-trabajada continuamente porque de otro modo volvemos
rápidamente al punto de partida en nuestro intelecto
personal.
Sé muy bien lo
rápidamente que queremos otorgarnos el mérito de cualquier
cambio o mejoría. La paradoja es que si yo fuera
responsable, ¡no habría ocurrido!
Quiero resaltar
claramente que cuanto más nos apartamos de en medio, tanto
mayor puede ser el resultado, pero eso es porque nos hemos
apartado del camino y no hemos adquirido algún poder o
siddhi con el que curar a la humanidad.
Cualquier sanador
moderadamente exitoso, de cualquiera rama, tendrá atributos
y poderes proyectados sobre él. Es importante darse cuenta
que esa proyección parte de la necesidad del paciente, y no
es la afirmación de un hecho. Desde mi punto de vista, tomar
otro punto de vista conduce final e inevitablemente al
engrandecimiento, y por tanto al abuso.
He dicho antes que
cualquiera puede hacer este trabajo, y espero que muchos se
sientan animados a hacerlo. La única limitación que todos
tenemos es nuestra falta de habilidad para rendir eso que
nos mantiene separados de la fuente. Es decir, nuestra
historia de vida individual, con la que tanto nos
identificamos.
La estatua de cobre, o
piedra, o madera no es el Buda. La estatua no es el buda,
del mismo modo que la estatua de la libertad no es la
libertad, sino un símbolo de la libertad.
Tú eres el Buda. Tal vez
la conciencia está un poco nublada, pero debajo de todas las
capas de ilusión, eso es quien realmente eres.
Hay una marea
Yo estoy en la Marea
Yo soy la Marea
Recientemente, en abril
de 2007, en los medios ha vuelto a surgir la discusión en
torno a la existencia de Dios. Personas eminentes en sus
campos particulares han hablado desde un lugar y desde otro.
La discusión ha sido intelectual, y mientras sea
intelectual, esas personas derivarán algún sentido de
satisfacción, a ese nivel, de la fuerza de su discusión.
Es posible que a algunos
científicos no les encaje visualizar al absoluto como un
patriarca como los que dibujaba William Blake, con una barba
larga y fluida y un compás. No sé cuánta gente se aferra a
esta imagen inocente.
No obstante, si como
algunos mantienen, no hay misterio y el intelecto conseguirá
explicarlo todo al final, entonces han ocurrido dos cosas:
el intelecto humano ha sido declarado la culminación
absoluta de la evolución, y Dios ha sido creado por los que
lo niegan.
El problema, según mi
limitada y sesgada visión, es que ¡el Intelecto no siempre
es inteligente!
Yo prefiero unirme a
Einstein, también un científico eminente (aunque, por
supuesto, es tarea de algunos intelectos posteriores
disminuir sus logros para estar por encima en el orden de
importancia) cuando dice: “El ser humano es parte de una
totalidad llamada Universo…nosotros nos experimentamos a
nosotros mismos, nuestros pensamientos y sentimientos, como
algo separado de los demás. Es una especie de ilusión de la
Conciencia. Esta ilusión es una especie de prisión para
nosotros que nos restringe a nuestros deseos personales y al
afecto de las pocas personas que están más cerca de
nosotros. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos de la
prisión ampliando el círculo de nuestra compasión, para
abrazar a todas las criaturas y la totalidad de la
naturaleza en su belleza. El verdadero valor de un ser
humano viene determinado por la medida y el sentido en que
se ha liberado del yo. Necesitamos una manera
sustancialmente diferente de pensar para que la humanidad
pueda sobrevivir.
Sabes, será la
inteligencia más que el intelecto la que nos ayudará a
sobrevivir.
La gente cuya práctica no
es diferente de su meditación o de su práctica espiritual a
menudo se preguntan por qué, si este tipo de trabajo produce
resultados, no se enseña en las escuelas.
La respuesta es muy
simple; y no puede enseñarse en las escuelas. La
espiritualidad no es un objeto. A las escuelas a menudo se
les pregunta qué temas enseñan. Evidentemente enseñan cosas
objetivas y eso es completamente adecuado. Vamos a la
escuela a adquirir información y estructura. La información
y la estructura son los ladrillos con los que podemos
construir un edificio llamado educación. Este edificio es
esencial para nuestra continuidad y florecimiento como
entidades separadas a las que llamamos yo.
Este yo es capaz de
grandes trabajos cada vez más complejos en todo tipo de
campos, a medida que los datos y razones de una generación
se acumulan sobre los de la siguiente.
Sigue habiendo y, según
yo propongo, seguirá habiendo trabajos que se auto-crean
fuera de la supervisión de la razón. Trabajos que nos
asombran, y que son la obra de la inteligencia misma, un
potencial infinito del que el intelecto es una pequeña
manifestación discreta.
La suya es la visión del
místico; muy diferente de la visión de Richard Dawkins y su
falta de necesidad de Dios o de una Inteligencia superior y
creativa. Ninguno de nosotros tiene que preocuparse puesto
que el nivel del ser y el de la comprensión están separados.
En el budismo, el
conocimiento se considera un obstáculo para la comprensión,
como un bloque de hielo que impide que el agua fluya. Se
dice que si tomamos una cosa como verdad y nos apegamos a
ella, aunque la verdad misma viniera a llamar a nuestra
puerta, no le abriríamos. Para que las cosas se nos revelen,
tenemos que estar dispuestos a abandonar nuestra visión
respecto a ellas.
(Thich Nhat
Hanh)
Beatrice Kleiner-Borel,
de Suiza, tiene una observación relevante respecto a estos
asuntos:
Durante una sesión en
la que estaba tumbada en la camilla tuve la sensación de una
gran energía que vino sobre mí, sin imágenes, sólo el
sentimiento. Al rato, se formó un pensamiento en mi
mente:¿Puedo gestionar esta poderosa energía? Entonces me
quedé profundamente dormida y cuando me desperté supe que
cuando viniera esa energía podría gestionarla.
Al día siguiente
estábamos sentados alrededor de una camilla sobre la que
había una señora tumbada y Mike era el terapeuta. Después de
un cuarto de hora, durante el que fui muy consciente, tuve
un largo momento de un gran poder, de una gran presencia.
Después tuve muchas dudas en mi mente:¿Lo que quiero es
demasiado? ¿Es esto demasiado para los demás y para mí?¿Me
sentiré rechazada como en el pasado?
Después de la sesión necesité algún tiempo para pensar en
todo lo que me había pasado y después vi mi adaptador de
corriente sobre mi mesa y supe que tenía que adaptarme a
este “Poder”. Puedes llamarle poder, poder de vida, poder de
amor, Dios o como quieras. Pero yo sé que este poder está en
todo el mundo, la mayor parte del tiempo debajo de muchas
capas.