Si, como dice Erich Fromm, el emerger del
“hombre maduro” es el objetivo tanto del zen oriental como
del psicoanálisis occidental, y si el hombre a ese nivel se
ha deshecho de sus triviales miedos a la inseguridad, de la
unilateralidad de su tendencia razonadora, cabe la esperanza
de que los seres humanos alcancen una mejor comprensión del
significado de la realidad. No es necesario añadir que esto
implica dejar atrás toda forma de avaricia y la superación
de la adoración del ego. Así, el satori, o lo que tratamos
de definir como iluminación puede, en el análisis final, ser
el instrumento que permita a la persona emerger en la cima
de su madurez, con la connotación más amplia posible y
dentro de un marco de referencia humanista. Paul Neumarkt.
Es importante indicar que Fromm dice:
“deshecho de sus triviales miedos a la inseguridad”. Él no
dice que se deba abandonar la inseguridad. Siendo, supongo,
una persona muy insegura, esta declaración me reconforta
enormemente.
Como profesor y como persona, o tal vez
mejor, como persona que enseña, distinguiendo así quién soy
de lo que a veces hago, no se me pide ser perfecto. Sólo se
me pide trabajar hacia una ampliación de la conciencia de
mis inseguridades y hacia ser cada vez más capaz de
mostrarme compasivo con ellas. Yo defino la compasión como
ver lo que es, tan completamente como sea posible, sin
juicio. Lo difícil aquí es el “sin juicio”, siendo al mismo
tiempo ésta la puerta a la conciencia.
Casi no completo este capítulo, al menos
no durante el mes correspondiente. Si Colin, el sujeto que
gestiona mi página, es bondadoso, el texto deberá estar
publicado en las últimas 48 horas de 2006.
En torno a este periodo del año, al menos
durante los últimos años, parece que entro en un periodo de
“crisis”. Este mes soy “la reina del drama”.
Este año, tras la insistencia muy sensata
de Barbara, me vi siendo transportado en ambulancia —¡
incluso llevaban la sirena funcionando!— y con una máscara
de oxígeno puesta. Aparentemente estaba mostrando todos los
signos evidentes de sufrir un ataque al corazón Y,
probablemente, enfisema.
A los dos días volvieron a enviarme a
casa, después de todas las pruebas, sin reprenderme pero
aconsejándome que bajara un poco el ritmo. Sí, ya sabía que
me estaba excediendo, pero eso es lo que suelo hacer.
Aproximadamente una semana después, ya estoy en orden y
dispuesto a volver a empezar. Mi cumpleaños a principios de
enero parece anunciar un amanecer más luminoso.
“Eres viejo, padre William”, dijo el
joven, “y tu pelo se ha vuelto muy blanco. Y sin embargo te
pones de cabeza continuamente. ¿Crees que está bien hacer
eso a tu edad?”
Lewis Carroll.
Es muy fácil pensar que lo que sentimos y
pensamos en realidad contiene y agota quienes somos. En mi
cabeza, sé que no soy lo que siento y pienso, y que
cualquier cosa que surja no tiene una permanencia
intrínseca. Sé eso, y eso es fundamental para ser capaz de
autoproclamarse budista, pero eso no es lo que uno siente
cuando está en medio de la experiencia.
En realidad, sólo hay cuatro fundamentos
para ser budista, que son:
1. Todas las cosas son impermanentes, y
no hay sustancia esencial o concepto que sea permanente.
2. Todas las emociones traen dolor y
sufrimiento, y no hay emoción que sea puramente placentera.
3. Todo fenómeno es ilusorio y vacío.
4. La iluminación está más allá de los
conceptos; no se trata de un cielo dichoso y perfecto sino,
más bien, de una liberación de la ilusión.
Esta lista debe ser más que suficiente
para causar inseguridad, ¡aunque no estuviera presente
anteriormente!
Dzonngsar Jamyang Khyentse
Volveré a esta lista más adelante, pero,
de momento, continuaré hablando de manera más general sobre
la inseguridad. He descrito la inseguridad como un síntoma
de la experiencia de vida sin digerir que ha cristalizado en
una forma que asumimos que es nuestra identidad. Es esa
forma, esa identidad aparentemente sólida, la que dicta lo
que enseñamos, lo que aprendemos, y desde dónde venimos
cuando hacemos cualquiera de estas dos cosas. A fin de hacer
el intento de animar el emerger del Espíritu, que
simplemente no es un objeto del intelecto personal, sino más
bien su fundamento, debemos rendir o renunciar a algo, al
menos a eso que nos mantiene separados, que es precisamente
el yo individual.
Lo que sigue es una charla ligeramente
corregida que di en 2004, y que parece relevante para esta
discusión.
El nivel del espíritu no es una simple
herramienta de carpintero.
Éste es un intento de abrir un debate
sobre la terapia craneosacral, y los niveles de conciencia
desde los que nos aproximamos al trabajo.
Habitualmente solemos referirnos a los
niveles de cuerpo, mente y espíritu. Supongo que todos, como
orgullosos o avergonzados propietarios, tenemos una idea
bastante precisa de a qué nos referimos con la palabra
Cuerpo.
Todos también tenemos una interpretación
de a qué nos referimos con la palabra mente, aunque habrá
menos consenso respecto a su significado y extensión.
Sospecho, no obstante, que pensar en qué
es Espíritu será mucho más vago.
Lo mismo ocurre con la terapia
craneosacral. Algunos la verán únicamente como un trabajo
corporal no-invasor.
Algunos se darán cuenta y experimentarán
que el trabajo aborda problemas mentales y emocionales;
relaciones y estados de ánimo.
Y aún habrá otros que sentirán que hay
magia en los resultados de la sesión craneal, tanto para el
cliente como para ellos mismos, y se preguntarán de dónde
viene eso.
Quiero explorar hasta dónde puede
conducirnos el modelo de la terapia craneosacral, y no sólo
en la curación de síntomas, sino a nivel mucho más profundo,
hacia una plenitud de vida que trasciende la medicina tal
como entendemos habitualmente esa palabra. Para el estado
del ser humano común y ordinario, eso es quien realmente
somos, algo mucho más profundo que la condición patológica
en la que vivimos y que hemos aceptado como nuestra
naturaleza. La condición patológica no es nuestra
naturaleza, sino que es, más bien, una acumulación de
experiencias de vida sin digerir.
En primer lugar una palabra sobre los
modelos: budismo, cristiandad, judaísmo, filosofía,
psicología y ciertamente terapia craneosacral, todos ellos
son modelos. No son “ello”. Cualquiera de estos modelos sólo
son “ello” cuando se convierten en una experiencia a nivel
profundo. Entre tanto, estamos hablando de teorías, modelos,
pensamientos, opiniones, sueños, esperanzas y oraciones
sobre la experiencia. Ésta es una afirmación muy dogmática y
yo detesto el dogma, de modo que la modificaré añadiendo: en
la opinión de mucha gente cuyo juicio respeto.
La siguiente pieza de dogma, que detesto,
de modo que ha sufrido la misma modificación, es que los
niveles más profundos (ampliaré esto más adelante) son
informes, y no están sometidos al intelecto, que como los
pensamientos y emociones, por no hablar del cuerpo mismo, ya
son forma. Podemos llamar a estos niveles, al Espíritu, lo
universal que deviene en la infinita variedad de formas
individuales. A menudo me refiero a esto como inteligencia,
la inteligencia diferenciada de uno de sus productos, que es
el intelecto personal.
No confundamos el Espíritu, que yo
considero absoluto, sea expresado o inmanente, con el Alma,
que yo considero personal, y otro producto del Espíritu
infinito.
Tocar, convertirse en la Inteligencia
misma, aunque sea por un momento, es tocar eso que causa la
formación y puede conducir al renacimiento, en el presente,
ahora mismo, en otra forma que puede no ser portadora de la
acumulación de experiencia de vida debilitante a la que me
he referido antes.
Se puede decir, en general que la
medicina es lineal y newtoniana: todo lo que ocurre tiene
una causa definida y da lugar a un efecto definido (Capra).
Es decir, el mundo es mecánico, como un reloj, cada “tic” va
seguido de un “toc”.
A lo largo de los últimos treinta años
aproximadamente, el cambio decisivo ha consistido en
reconocer que la naturaleza es invariablemente no-lineal
(Stewart). ¿Qué significa esto? Significa, según mi
interpretación, que no podemos limitarnos a usar nuestros
intelectos para racionalizar secuencias de causas y efectos,
o diagnosticar y pronosticar y remediar; si queremos
alcanzar niveles de ser diferentes de esos que están sujetos
a las leyes que gobiernan nuestros pequeños cuerpos,
nuestros cuerpos relativamente simples. Esto, a su vez,
significa que la estructura, la forma del ser humano, tal
vez esté sometida a la interpretación lineal, pero los
aspectos infinitos no lo están.
Las hormigas y las abejas tienen
inteligencia individual —no muy grande— y las mismas
criaturas tienen una gran inteligencia grupal que les
permite hacer cosas extraordinarias.
Existen leyes que gobiernan las pequeñas
cosas y existen leyes que gobiernan las grandes cosas.
Cuando terminamos de diseccionar las pequeñas cosas y
llegamos irreductiblemente a la nada o no-cosa, llegamos a
la mayor cosa de todas, La Inteligencia. El Infinito.
Cuando el intelecto humano, que es una
pequeña cosa, se esfuerza por comprender el significado de
la Gran Cosa, llega a un punto en el que trata de estar
separado del Infinito. Esto es una tautología. El intelecto,
mientras esté separado de la Inteligencia misma, ha
alcanzado su límite. Para ir más allá, debe renunciar a la
separación, soltar y convertirse en su propia causa. No hay
extrapolación desde el Infinito.
Yo soy la Marea.
La historia de Adán y Eva es la historia
de alcanzar la Individualidad y perder la unidad. La unidad
con el Infinito.
Algunos de nosotros tenemos la
experiencia de que, si estamos preparados para aceptar la
pérdida última y terrorífica de la conciencia individual, es
posible convertirse en el Espíritu, la Inteligencia, la
Marea misma. Es terrorífico porque, una vez más, por
definición, no podemos conocer eso. Sólo está el vacío, que
no es un objeto, sólo una experiencia de una no-cosa,
informe, hasta que regresamos a la conciencia relativa. No
hay por supuesto, terror en el vacío, sino en el soltar, en
el caerse por el precipicio. No hay dolor, ni placer, ni
enfermedad tampoco; no hay experiencia de vida, que es la
causa de todos estos fenómenos.
No hay —shock/horror— límites. Los
límites aún no han venido a la existencia. Sólo hay vacío.
Si olvidamos que este viaje es lineal, y
pensamos más bien que es un viaje a la esencia de quienes
somos, entonces podemos ver que la posibilidad de emerger a
lo relativo conlleva la posibilidad de no acarrear con
nosotros la patología, que tiene su origen en una proyección
lineal, del pasado o del futuro.
Yo no creo en milagros. Creo que el
trauma, cualquiera que sea su naturaleza, es una acumulación
de sucesos pasados o futuros. Debajo de cada patología, y de
todos los sucesos que conducen a ella, está presente la
salud.
Trabajemos con esa salud, que es el
núcleo, más que con la patología, que, en cierto sentido, es
efímera.
Comentaré más adelante cómo hacerlo.
Los seres humanos tienen inteligencia
individual; tiende a ser denominada intelecto. También
tienen una inteligencia grupal (a veces de naturaleza
desafortunada o destructiva).
Lo que los seres humanos parecen tener, y
es algo que les diferencia de las hormigas, es la capacidad
de ser conscientes de estos atributos, en lugar de sólo
reaccionar a ellos. Por lo demás, la diferencia a nivel
genético con las hormigas es muy pequeña.
Existen jerarquías de inteligencia. Un
ser humano tiene una idea precisa de cómo se reproduce el
conejo. Y no creo que los conejos sepan cómo nos
reproducimos los seres humanos. Ni siquiera creo que se
planteen la pregunta, aunque los conejos son, evidentemente,
conscientes del ser humano y pueden mirarlo con hostilidad o
amistosamente en función de su experiencia lineal.
El Espíritu es informe para los sentidos,
aunque, en mi modelo, es el fundamento último de los
sentidos. Usa la palabra Inteligencia si lo prefieres. El
Intelecto es consciente de la palabra Espíritu, pero sólo
puede tomar conciencia de él convirtiéndose en él.
No obstante, como he sugerido antes, el
intelecto es un producto de la Inteligencia, de modo que
cuando nos convertimos en Espíritu, es decir, cuando nos
convertimos en nuestra propia causa, en ese momento ya no
somos nosotros.
Estoy intentando decir que los niveles
más profundos, causales, del ser, no están en el ámbito del
ego ni de nada personal. Son una experiencia, no un
concepto.
¿A dónde se va el ego? A ninguna parte,
está allí, pero la conciencia no está.
Por extensión, al nivel de esta
Inteligencia o Espíritu, ¿dónde está la patología, dónde
está la Terapia Craneosacral, dónde la medicina, dónde estoy
yo? Están allí, pero no están en la conciencia.
En ese instante que es ahora, sin pasado
o futuro lineal, aún no han venido a la forma. Esto es a un
nivel absoluto, tal vez. A nivel más relativo, el ordenador
ha abierto una nueva página sin cerrar la que estaba abierta
debajo. Tal vez sepas que la otra página está debajo, pero,
hasta que no cierres la de arriba, no podrás probarlo. No
hay experiencia. Es teoría.
Me gustaría que los profesores, en
general, pudieran ver que una diferencia de nivel no implica
diferencia de importancia. Ésta es la herejía fundamental
del Intelecto. Es un juicio que nos mantiene y mantiene al
paciente/alumno firmemente arraigados en el samsara.
Como la Terapia Craneosacral se asienta
en el cuerpo, es un modelo ideal, un punto de partida para
conectar con la Mente y el Espíritu. Este último únicamente
usando el cuerpo como algo que se deja atrás.
Como dijo Buda, la iluminación está en el
cuerpo. El cuerpo es luz en último término. Es, en tiempo
presente. En no significa en otra parte (aquí, ahora) y el
cuerpo está aquí ahora y presente, no es una teoría. Es una
experiencia.
La práctica compartida de todo tiempo y
toda experiencia está aquí mismo ahora, desplegándose desde
el centro hasta los confines del universo y más allá. Lo
implicado y lo explicado en una danza interminable.
La física podría buscar el principio del
tiempo tanto aquí como allí fuera.
Tocar a alguien desde la Quietud es
convertirse en un fulcro para que esa Quietud sea tocada en
el otro, tanto si eso se experimenta conscientemente como si
no. Hundirse seguidamente en el vacío es tocar el vacío, no
sólo de esa persona, sino el vacío. Es posible que la
conciencia del cliente esté a un nivel mucho más físico,
pero la inteligencia es tocada a nivel profundo, y yo no
diría que se produce la curación, sino que se recuerda la
salud esencial.
Mi experiencia es que la experiencia de
vida relativa y superficial, basada en el ego, puede parecer
que continúa adelante, pero se ha abierto una puerta al
cambio. Un cambio no sólo en el cliente, sino en todo el
campo experimental. Familia, amigos, etc.
Trabajar con un grupo de gente puede
tener efectos aún más amplios, pues cada organismo separado
contacta con la misma fuente, y se incrementan las avenidas
y las referencias cruzadas para la práctica compartida.
En resumen,
La Terapia Craneosacral puede ser un
modelo para trabajar a todos los niveles. Yo no puedo emitir
un juicio respecto al nivel en el que la gente elija
trabajar. Eso sería tan ofensivo como preguntar cuál de los
cuerpos de Buda prefiero: el nirmanakaya, el sambhogakaya o
el dharmakaya; eso para quienes estudian estas cosas. Estos
cuerpos coexisten, pero sólo puedes estudiar y hablar SOBRE
el Dharmakaya. Y eso no es “ello”. Tienes que convertirte en
ELLO.
Entra en ello plenamente. Schauberger
dijo “un curso de agua nunca debe ser regulado desde sus
orillas, sino desde dentro, desde el fluido mismo.”
En resumen: para facilitar el cambio
profundo, ese cambio que es radical y duradero, más que una
modificación limitada a la conciencia tanto del terapeuta
como del cliente, tenemos que soltar el conocimiento
limitado del intelecto y caer en la inseguridad de lo
desconocido. No es posible “medio caerse” por el precipicio;
la rendición tiene que ser absoluta.
Alicia [en el País de las Maravillas] tenía algo que
decir sobre el tema:
—¿Quién eres tú? —dijo la oruga.
Ésta no era la mejor manera de animar una conversación.
Alicia replicó con timidez:
—Yo, yo, apenas lo sé, señor, de momento, al menos sé quien
era cuando me levanté esta mañana, pero creo que he sido
cambiada varias veces desde entonces.
—A qué te refieres con eso —dijo la oruga severamente—
¡explícate!
—Temo, señor, que no puedo explicarme —dijo Alicia— porque
no soy yo misma, ve.
—No veo —dijo la oruga.
Lewis Carroll.