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CONVERSACIONES EN QUIETUD

CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall

Capítulo 5

La bendición de la inseguridad

Si, como dice Erich Fromm, el emerger del “hombre maduro” es el objetivo tanto del zen oriental como del psicoanálisis occidental, y si el hombre a ese nivel se ha deshecho de sus triviales miedos a la inseguridad, de la unilateralidad de su tendencia razonadora, cabe la esperanza de que los seres humanos alcancen una mejor comprensión del significado de la realidad. No es necesario añadir que esto implica dejar atrás toda forma de avaricia y la superación de la adoración del ego. Así, el satori, o lo que tratamos de definir como iluminación puede, en el análisis final, ser el instrumento que permita a la persona emerger en la cima de su madurez, con la connotación más amplia posible y dentro de un marco de referencia humanista. Paul Neumarkt.

Es importante indicar que Fromm dice: “deshecho de sus triviales miedos a la inseguridad”. Él no dice que se deba abandonar la inseguridad. Siendo, supongo, una persona muy insegura, esta declaración me reconforta enormemente.

Como profesor y como persona, o tal vez mejor, como persona que enseña, distinguiendo así quién soy de lo que a veces hago, no se me pide ser perfecto. Sólo se me pide trabajar hacia una ampliación de la conciencia de mis inseguridades y hacia ser cada vez más capaz de mostrarme compasivo con ellas. Yo defino la compasión como ver lo que es, tan completamente como sea posible, sin juicio. Lo difícil aquí es el “sin juicio”, siendo al mismo tiempo ésta la puerta a la conciencia.

Casi no completo este capítulo, al menos no durante el mes correspondiente. Si Colin, el sujeto que gestiona mi página, es bondadoso, el texto deberá estar publicado en las últimas 48 horas de 2006.

En torno a este periodo del año, al menos durante los últimos años, parece que entro en un periodo de “crisis”. Este mes soy “la reina del drama”.

Este año, tras la insistencia muy sensata de Barbara, me vi siendo transportado en ambulancia —¡ incluso llevaban la sirena funcionando!— y con una máscara de oxígeno puesta. Aparentemente estaba mostrando todos los signos evidentes de sufrir un ataque al corazón Y, probablemente, enfisema.

A los dos días volvieron a enviarme a casa, después de todas las pruebas, sin reprenderme pero aconsejándome que bajara un poco el ritmo. Sí, ya sabía que me estaba excediendo, pero eso es lo que suelo hacer. Aproximadamente una semana después, ya estoy en orden y dispuesto a volver a empezar. Mi cumpleaños a principios de enero parece anunciar un amanecer más luminoso.

“Eres viejo, padre William”, dijo el joven, “y tu pelo se ha vuelto muy blanco. Y sin embargo te pones de cabeza continuamente. ¿Crees que está bien hacer eso a tu edad?”
Lewis Carroll.

Es muy fácil pensar que lo que sentimos y pensamos en realidad contiene y agota quienes somos. En mi cabeza, sé que no soy lo que siento y pienso, y que cualquier cosa que surja no tiene una permanencia intrínseca. Sé eso, y eso es fundamental para ser capaz de autoproclamarse budista, pero eso no es lo que uno siente cuando está en medio de la experiencia.

En realidad, sólo hay cuatro fundamentos para ser budista, que son:

1. Todas las cosas son impermanentes, y no hay sustancia esencial o concepto que sea permanente.

2. Todas las emociones traen dolor y sufrimiento, y no hay emoción que sea puramente placentera.

3. Todo fenómeno es ilusorio y vacío.

4. La iluminación está más allá de los conceptos; no se trata de un cielo dichoso y perfecto sino, más bien, de una liberación de la ilusión.

Esta lista debe ser más que suficiente para causar inseguridad, ¡aunque no estuviera presente anteriormente!
Dzonngsar Jamyang Khyentse

Volveré a esta lista más adelante, pero, de momento, continuaré hablando de manera más general sobre la inseguridad. He descrito la inseguridad como un síntoma de la experiencia de vida sin digerir que ha cristalizado en una forma que asumimos que es nuestra identidad. Es esa forma, esa identidad aparentemente sólida, la que dicta lo que enseñamos, lo que aprendemos, y desde dónde venimos cuando hacemos cualquiera de estas dos cosas. A fin de hacer el intento de animar el emerger del Espíritu, que simplemente no es un objeto del intelecto personal, sino más bien su fundamento, debemos rendir o renunciar a algo, al menos a eso que nos mantiene separados, que es precisamente el yo individual.

Lo que sigue es una charla ligeramente corregida que di en 2004, y que parece relevante para esta discusión.

El nivel del espíritu no es una simple herramienta de carpintero.

Éste es un intento de abrir un debate sobre la terapia craneosacral, y los niveles de conciencia desde los que nos aproximamos al trabajo.

Habitualmente solemos referirnos a los niveles de cuerpo, mente y espíritu. Supongo que todos, como orgullosos o avergonzados propietarios, tenemos una idea bastante precisa de a qué nos referimos con la palabra Cuerpo.

Todos también tenemos una interpretación de a qué nos referimos con la palabra mente, aunque habrá menos consenso respecto a su significado y extensión.

Sospecho, no obstante, que pensar en qué es Espíritu será mucho más vago.

Lo mismo ocurre con la terapia craneosacral. Algunos la verán únicamente como un trabajo corporal no-invasor.

Algunos se darán cuenta y experimentarán que el trabajo aborda problemas mentales y emocionales; relaciones y estados de ánimo.

Y aún habrá otros que sentirán que hay magia en los resultados de la sesión craneal, tanto para el cliente como para ellos mismos, y se preguntarán de dónde viene eso.

Quiero explorar hasta dónde puede conducirnos el modelo de la terapia craneosacral, y no sólo en la curación de síntomas, sino a nivel mucho más profundo, hacia una plenitud de vida que trasciende la medicina tal como entendemos habitualmente esa palabra. Para el estado del ser humano común y ordinario, eso es quien realmente somos, algo mucho más profundo que la condición patológica en la que vivimos y que hemos aceptado como nuestra naturaleza. La condición patológica no es nuestra naturaleza, sino que es, más bien, una acumulación de experiencias de vida sin digerir.

En primer lugar una palabra sobre los modelos: budismo, cristiandad, judaísmo, filosofía, psicología y ciertamente terapia craneosacral, todos ellos son modelos. No son “ello”. Cualquiera de estos modelos sólo son “ello” cuando se convierten en una experiencia a nivel profundo. Entre tanto, estamos hablando de teorías, modelos, pensamientos, opiniones, sueños, esperanzas y oraciones sobre la experiencia. Ésta es una afirmación muy dogmática y yo detesto el dogma, de modo que la modificaré añadiendo: en la opinión de mucha gente cuyo juicio respeto.

La siguiente pieza de dogma, que detesto, de modo que ha sufrido la misma modificación, es que los niveles más profundos (ampliaré esto más adelante) son informes, y no están sometidos al intelecto, que como los pensamientos y emociones, por no hablar del cuerpo mismo, ya son forma. Podemos llamar a estos niveles, al Espíritu, lo universal que deviene en la infinita variedad de formas individuales. A menudo me refiero a esto como inteligencia, la inteligencia diferenciada de uno de sus productos, que es el intelecto personal.

No confundamos el Espíritu, que yo considero absoluto, sea expresado o inmanente, con el Alma, que yo considero personal, y otro producto del Espíritu infinito.

Tocar, convertirse en la Inteligencia misma, aunque sea por un momento, es tocar eso que causa la formación y puede conducir al renacimiento, en el presente, ahora mismo, en otra forma que puede no ser portadora de la acumulación de experiencia de vida debilitante a la que me he referido antes.

Se puede decir, en general que la medicina es lineal y newtoniana: todo lo que ocurre tiene una causa definida y da lugar a un efecto definido (Capra). Es decir, el mundo es mecánico, como un reloj, cada “tic” va seguido de un “toc”.

A lo largo de los últimos treinta años aproximadamente, el cambio decisivo ha consistido en reconocer que la naturaleza es invariablemente no-lineal (Stewart). ¿Qué significa esto? Significa, según mi interpretación, que no podemos limitarnos a usar nuestros intelectos para racionalizar secuencias de causas y efectos, o diagnosticar y pronosticar y remediar; si queremos alcanzar niveles de ser diferentes de esos que están sujetos a las leyes que gobiernan nuestros pequeños cuerpos, nuestros cuerpos relativamente simples. Esto, a su vez, significa que la estructura, la forma del ser humano, tal vez esté sometida a la interpretación lineal, pero los aspectos infinitos no lo están.

Las hormigas y las abejas tienen inteligencia individual —no muy grande— y las mismas criaturas tienen una gran inteligencia grupal que les permite hacer cosas extraordinarias.

Existen leyes que gobiernan las pequeñas cosas y existen leyes que gobiernan las grandes cosas. Cuando terminamos de diseccionar las pequeñas cosas y llegamos irreductiblemente a la nada o no-cosa, llegamos a la mayor cosa de todas, La Inteligencia. El Infinito.

Cuando el intelecto humano, que es una pequeña cosa, se esfuerza por comprender el significado de la Gran Cosa, llega a un punto en el que trata de estar separado del Infinito. Esto es una tautología. El intelecto, mientras esté separado de la Inteligencia misma, ha alcanzado su límite. Para ir más allá, debe renunciar a la separación, soltar y convertirse en su propia causa. No hay extrapolación desde el Infinito.

Yo soy la Marea.

La historia de Adán y Eva es la historia de alcanzar la Individualidad y perder la unidad. La unidad con el Infinito.

Algunos de nosotros tenemos la experiencia de que, si estamos preparados para aceptar la pérdida última y terrorífica de la conciencia individual, es posible convertirse en el Espíritu, la Inteligencia, la Marea misma. Es terrorífico porque, una vez más, por definición, no podemos conocer eso. Sólo está el vacío, que no es un objeto, sólo una experiencia de una no-cosa, informe, hasta que regresamos a la conciencia relativa. No hay por supuesto, terror en el vacío, sino en el soltar, en el caerse por el precipicio. No hay dolor, ni placer, ni enfermedad tampoco; no hay experiencia de vida, que es la causa de todos estos fenómenos.

No hay —shock/horror— límites. Los límites aún no han venido a la existencia. Sólo hay vacío.

Si olvidamos que este viaje es lineal, y pensamos más bien que es un viaje a la esencia de quienes somos, entonces podemos ver que la posibilidad de emerger a lo relativo conlleva la posibilidad de no acarrear con nosotros la patología, que tiene su origen en una proyección lineal, del pasado o del futuro.

Yo no creo en milagros. Creo que el trauma, cualquiera que sea su naturaleza, es una acumulación de sucesos pasados o futuros. Debajo de cada patología, y de todos los sucesos que conducen a ella, está presente la salud.

Trabajemos con esa salud, que es el núcleo, más que con la patología, que, en cierto sentido, es efímera.

Comentaré más adelante cómo hacerlo.

Los seres humanos tienen inteligencia individual; tiende a ser denominada intelecto. También tienen una inteligencia grupal (a veces de naturaleza desafortunada o destructiva).

Lo que los seres humanos parecen tener, y es algo que les diferencia de las hormigas, es la capacidad de ser conscientes de estos atributos, en lugar de sólo reaccionar a ellos. Por lo demás, la diferencia a nivel genético con las hormigas es muy pequeña.

Existen jerarquías de inteligencia. Un ser humano tiene una idea precisa de cómo se reproduce el conejo. Y no creo que los conejos sepan cómo nos reproducimos los seres humanos. Ni siquiera creo que se planteen la pregunta, aunque los conejos son, evidentemente, conscientes del ser humano y pueden mirarlo con hostilidad o amistosamente en función de su experiencia lineal.

El Espíritu es informe para los sentidos, aunque, en mi modelo, es el fundamento último de los sentidos. Usa la palabra Inteligencia si lo prefieres. El Intelecto es consciente de la palabra Espíritu, pero sólo puede tomar conciencia de él convirtiéndose en él.

No obstante, como he sugerido antes, el intelecto es un producto de la Inteligencia, de modo que cuando nos convertimos en Espíritu, es decir, cuando nos convertimos en nuestra propia causa, en ese momento ya no somos nosotros.

Estoy intentando decir que los niveles más profundos, causales, del ser, no están en el ámbito del ego ni de nada personal. Son una experiencia, no un concepto.

¿A dónde se va el ego? A ninguna parte, está allí, pero la conciencia no está.

Por extensión, al nivel de esta Inteligencia o Espíritu, ¿dónde está la patología, dónde está la Terapia Craneosacral, dónde la medicina, dónde estoy yo? Están allí, pero no están en la conciencia.

En ese instante que es ahora, sin pasado o futuro lineal, aún no han venido a la forma. Esto es a un nivel absoluto, tal vez. A nivel más relativo, el ordenador ha abierto una nueva página sin cerrar la que estaba abierta debajo. Tal vez sepas que la otra página está debajo, pero, hasta que no cierres la de arriba, no podrás probarlo. No hay experiencia. Es teoría.

Me gustaría que los profesores, en general, pudieran ver que una diferencia de nivel no implica diferencia de importancia. Ésta es la herejía fundamental del Intelecto. Es un juicio que nos mantiene y mantiene al paciente/alumno firmemente arraigados en el samsara.

Confía en la marea
La marea va más, y más profundo.
Sé testigo.
Yo no la agarro, se ha ido
Sé testigo.
Aquí el dolor. No tengo que remediarlo.
Sé testigo.
Siempre más profundo, ¿dónde queda ahora el dolor?
Sé testigo.

Hecho todo lo que había que hacer, ¿quién toca
y quién es tocado?
Conciencia

El vacío

Inmóvil en el océano,
Lo informe se agita,
La oscuridad se encuentra con la luz y encarna.
Tú y yo somos nosotros. Siempre ha sido así.

¿Dónde queda ahora la pérdida?

Como la Terapia Craneosacral se asienta en el cuerpo, es un modelo ideal, un punto de partida para conectar con la Mente y el Espíritu. Este último únicamente usando el cuerpo como algo que se deja atrás.

Como dijo Buda, la iluminación está en el cuerpo. El cuerpo es luz en último término. Es, en tiempo presente. En no significa en otra parte (aquí, ahora) y el cuerpo está aquí ahora y presente, no es una teoría. Es una experiencia.

La práctica compartida de todo tiempo y toda experiencia está aquí mismo ahora, desplegándose desde el centro hasta los confines del universo y más allá. Lo implicado y lo explicado en una danza interminable.

La física podría buscar el principio del tiempo tanto aquí como allí fuera.

Tocar a alguien desde la Quietud es convertirse en un fulcro para que esa Quietud sea tocada en el otro, tanto si eso se experimenta conscientemente como si no. Hundirse seguidamente en el vacío es tocar el vacío, no sólo de esa persona, sino el vacío. Es posible que la conciencia del cliente esté a un nivel mucho más físico, pero la inteligencia es tocada a nivel profundo, y yo no diría que se produce la curación, sino que se recuerda la salud esencial.

Mi experiencia es que la experiencia de vida relativa y superficial, basada en el ego, puede parecer que continúa adelante, pero se ha abierto una puerta al cambio. Un cambio no sólo en el cliente, sino en todo el campo experimental. Familia, amigos, etc.

Trabajar con un grupo de gente puede tener efectos aún más amplios, pues cada organismo separado contacta con la misma fuente, y se incrementan las avenidas y las referencias cruzadas para la práctica compartida.

En resumen,

La Terapia Craneosacral puede ser un modelo para trabajar a todos los niveles. Yo no puedo emitir un juicio respecto al nivel en el que la gente elija trabajar. Eso sería tan ofensivo como preguntar cuál de los cuerpos de Buda prefiero: el nirmanakaya, el sambhogakaya o el dharmakaya; eso para quienes estudian estas cosas. Estos cuerpos coexisten, pero sólo puedes estudiar y hablar SOBRE el Dharmakaya. Y eso no es “ello”. Tienes que convertirte en ELLO.

Entra en ello plenamente. Schauberger dijo “un curso de agua nunca debe ser regulado desde sus orillas, sino desde dentro, desde el fluido mismo.”

En resumen: para facilitar el cambio profundo, ese cambio que es radical y duradero, más que una modificación limitada a la conciencia tanto del terapeuta como del cliente, tenemos que soltar el conocimiento limitado del intelecto y caer en la inseguridad de lo desconocido. No es posible “medio caerse” por el precipicio; la rendición tiene que ser absoluta.

Alicia [en el País de las Maravillas] tenía algo que decir sobre el tema:

—¿Quién eres tú? —dijo la oruga.
Ésta no era la mejor manera de animar una conversación.
Alicia replicó con timidez:
—Yo, yo, apenas lo sé, señor, de momento, al menos sé quien era cuando me levanté esta mañana, pero creo que he sido cambiada varias veces desde entonces.
—A qué te refieres con eso —dijo la oruga severamente— ¡explícate!
—Temo, señor, que no puedo explicarme —dijo Alicia— porque no soy yo misma, ve.
—No veo —dijo la oruga.
Lewis Carroll.

La Bendición de la Inseguridad


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