ADVAITIA

Paseo de la Alameda, 62 1º 2ª  46023-Valencia (España) Tel. 605 243 282

 

BIENVENIDOS AL CENTRO DE OSTEOPATIA CRANEOSACRA DE VALENCIA

 
  Prefacio
  Agosto
   
Quietud
  Septiembre
    Conciencia
  Octubre
    Un cuenco vacio
  Noviembre
  
La Marea
  Diciembre
  
La Bendición de la
   Inseguridad
  Enero
  
El Espiritu Encarnado
  Febrero
  
La dicha de ser ordinario
  Marzo
  
Aún no me he decidido
  Abril
  
Capítulo 9
  Mayo
  
El Apego
  Junio
  
Cuando hay caos!
  Julio
  
Enseñanza
  Página principal 

Paseo Alameda, 62 1º 2ª
46023 Valencia (España)
Tel. 96 320 74 71
Móvil: 605 243 283 – 82

 

CONVERSACIONES EN QUIETUD

CONVERSACIONES
EN QUIETUD

Con Mike Boxhall

Capítulo 8

MARZO

AÚN NO ME HE DECIDIDO

El último mes ha sido muy difícil. Parece ahora, a mediados de marzo, como si hubiera sido un punto de crisis dentro de un viaje crítico que se ha ido desarrollando gradualmente desde el mes de noviembre del año pasado.

Creo que merece la pena hablar al menos de algunos de los puntos destacados puesto que, mientras hablamos mucho de los bebés y del nacimiento, apenas hablamos de la muerte, que también forma parte de la continuidad.

No hay necesidad de repasar cada centímetro del territorio entre entonces y ahora. Y como esto inevitablemente sería imperfecto, me limitaré a concentrarme en los pocos detalles que permanecen claros.

Duncton Mill

Cuando era muy evidente que me sentía enfermo, en enero, sabía que estaba frágil y me senté una mañana en la terraza de Duncton Mill, mirando el arroyo y contemplando mi defunción: no por primera vez, ya me he encontrado con ella antes.

Aquí es donde me senté.
Justo en la parte superior de la foto está el manantial que alimenta este estanque, que se alza desde antiguos estratos de pizarra. Este lugar es el hogar del original “hombre de los campos de boj”, y Europa lo considera un enclave de especial interés científico.

Aún no me he decidido

La piedra, los árboles, las suaves colinas.
El agua, que se acumula en los pliegues, para servir al callado molino.
Un lugar para descansar, o para sentarse, cualquiera de las dos.
Contemplo la fuente, surgida de la blanca capa freática
Desde la que el agua fluye
Fría por venir de la tierra, pero pronto se calentará;
Vivificada por el poderoso sol, que, como un corazón,
Acelera el ritmo de la respiración.
Fuego, tierra y agua danzan
Y toman esta frágil forma mortal durante un rato;
Hasta que llegue la inspiración y, cansado de este antiguo lugar,
De esta separación de la fuente,
Las partes se desenreden y, elevadas por el sol, transportadas por el viento,
Vuelvan de nuevo a la infinitud de la Madre.
“¡Mira, hay un arcoiris!”

Hay una historia detrás de la imagen del arcoiris, y la historia es que, durante mi formación en Terapia Craneosacral en el Instituto Karuna, un día hicimos una visualización guiada de la experiencia de nuestros primeros momentos, en este caso, de la implantación en el útero.

Mi recuerdo, mi “experiencia” era la de ser una preciosa esfera azul contemplando en un estado de gran felicidad tres arcoiris. Finalmente esto quedó borroso por la necesidad de “seguir adelante en la vida”, pero la primera y muy intensa imagen sigue siendo la de aquellos tres arcoiris. Por tanto, éste es mi primer recuerdo.

Parecía muy apropiado que cuando tenga la sensación de morir, una de mis últimas impresiones sea un arcoiris.

El arcoiris es una imagen muy apropiada tanto de la vida como de la muerte. Está allí, muy claramente, en el cielo, incluso puedes fotografiarlo, pero a otro nivel es una completa ilusión. Simplemente allí no hay nada. Es como un pensamiento o sentimiento: es real a un nivel, pero a otro nivel no es nada.

Lo mismo ocurre con nuestra existencia. Yo soy real y, sin embargo, ¿dónde estoy ubicado? ¿En el yo que plantea la pregunta? ¿Dónde está este yo? Hay una gran diferencia entre plantearse esta pregunta filosóficamente o intelectualmente y planteársela desde la quietud.

Poco después de escribir este poema, volé a Florida y di un curso de cinco días en el precioso Centro Atlántico de las Artes, en Smyrna Beach, Florida.

El curso fue bien y yo me vine abajo el último día, después de haber volado de Orlando al aeropuerto internacional de Miami.

Lo extraordinario a lo largo de las semanas siguientes fue observar esta intangibilidad como de arcoiris, especialmente en Florida, donde, de momento, renuncié a seguir viajando. Justo en el mostrador donde tenía que registrarme para volar a las Islas Galápagos, estuve allí, de pie, y me di cuenta de que no podía seguir adelante y esperar llegar con la misma forma. Me quedé en Florida con dos amigos bondadosos, que por suerte sólo estaban a tres horas de viaje en autobús, y observé cómo todo mi ser y sus partes se des-membraban por una semana. Fue una des-integración en el sentido literal de la palabra. Fue como una desestructuración atómica. Mucho cansancio y ningún miedo en particular.

Y entonces… una estructuración gradual. Cómo o por qué… no lo sé. Debe haber llovido, y lo efímero se reformó.

Los colores son brillantes, pero en realidad allí no hay nada separado. He sabido esto desde hace tiempo, pero ahora atesoro la experiencia.

Éste es un capítulo extraño, pero quería escribirlo y me ha resultado muy difícil. Ahora mismo, mientras envío esto, han pasado unas pocas semanas, y me siento fuerte, y me siento muy vulnerable. Y esto hace que me sienta bien.

Lo que sigue fue una rápida respuesta a lo anterior de Gary Roba:

Vida, muerte y lo intermedio

Oír a tu profesor hablar sobre su muerte tiene que hacer vibrar algo en lo profundo de ti. El nacimiento y la vida nos informan de que “somos”, pero la muerte nos enseña “qué” somos. Como señaló Mike, en este campo se habla mucho del nacimiento, pero mi implicación personal con la terapia craneosacral surgió de la muerte. Hace diez años iba caminando por un bosque cerca de la cabaña de mi abuelo en las montañas Pocono, cuando llegué a un claro del bosque. Una pequeña ratoncita marrón estaba descansando en un pedazo de tierra, en el medio, y algo me llevó hacia ella. Me aproximé con el máximo sigilo que pude hasta estar sólo a la distancia de un brazo, sintiéndome muy sorprendido de que no saliera corriendo. Sentí una conexión entre nosotros, y cuando estiré la mano para acariciarle la frente, me lo permitió.

Después de algún tiempo la cogí y me la puse en la palma abierta. Aunque estaba un poco excitada, daba vueltas en círculo y me olisqueaba los dedos, no parecía poner ninguna objeción. Sus piececitos y su nariz me hicieron cosquillas en la piel cuando la llevé conmigo a la cabaña. Me miró con curiosidad mientras ambos nos balanceábamos en la mecedora del porche, y después pareció tranquilizarse y descansar calladamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que se estaba muriendo.

Simplemente me senté con ella en quietud, siendo testigo de su vida. A medida que transcurría el tiempo, tomé conciencia de que podía sentir la energía dentro y alrededor de su pequeño cuerpo. Era muy consciente del movimiento de su respiración, particularmente a medida que se acercaba el final y se hacía más laboriosa. Pero era igualmente consciente de que su energía también estaba respirando —muy muy lentamente— expandiéndose hacia fuera durante aproximadamente un minuto, y después volviendo a receder hacia dentro durante otro minuto más o menos. A través de la sensación que me producía esa respiración energética pude sentir que ella apreciaba que yo estuviera allí acompañándole. Y después de aproximadamente una hora, fue cuando finalmente hizo un último gran gesto con su brazo y caja torácica, y tomó su último aliento…
…Pero ella seguía allí. La lenta respiración de su campo energético continuó, sin reducción, incluso cuando la respiración y el pulso habían cesado: lo que yo ahora reconozco como “la marea larga”. Fiel a su nombre, esta marea larga continuó durante mucho tiempo. Nos mantuvimos allí juntos, en profundo contacto y presencia, y quedó muy claro que la ausencia de los procesos corporales era irrelevante para su Seidad. Finalmente “algo ocurrió”; se produjo un cambio de algún tipo, su energía se separó de su cuerpo y después flotó lentamente hacia arriba, hacia los árboles y el cielo.
Aquella fue mi primera sesión craneosacral, aunque nunca había recibido ninguna formación ni había puesto mis manos anteriormente en nadie. La técnica que empleé para dar la sesión fue idéntica a la que Mike enseña en todos sus cursos. Es tan simple que la podría aprender un niño, tan pura que un animal salvaje confía en ella, y tan profunda para tender un puente entre la vida y la muerte.

Hace unos años me trasladé de la ciudad de Londres a Bali, donde vuelvo a estar rodeado de naturaleza. Desde entonces, de vez en cuando, algunos animales se presentan cuando están preparados para morir. Ellos continúan inspirándome y haciéndome sentir humilde por el modo en que se desprenden de su cuerpo. Uno de mis favoritos fue un bebé gecko [lagartija balinesa], que estaba delante de mi puerta mirándome mientras yo terminaba mi última lección del día [o al menos eso pensaba]. Para asegurarme, me senté en el suelo a poca distancia y le dije que si quería una sesión tendría que caminar hasta mí y tener su intención clara. No es el comportamiento característico de estas lagartijas balinesas, como podrás imaginar, pero él inmediatamente caminó hasta mí y empezó a empujar mi pierna con su cabeza. De modo que lo recogí: como aún era joven, la mayor parte de su cuerpo cabía en mi mano, y podía poner la otra mano sobre él. Pude sentir en su interior que tenía los órganos internos dañados, debía haberse peleado con otra lagartija; lentamente pareció contarme la historia. Después me contó la historia de su nacimiento. Y finalmente se asentó en la quietud. Sentí el momento de aceptación dentro de él. Después hubo paz. Cuando los procesos corporales finalmente acabaron, la Marea permaneció, sin alteración. Sentí como si únicamente la parte más pequeña de él se hubiera caído, como si simplemente hubiera cortado la cuerda que le conectaba con el ancla en el fondo del mar.

Otro de mis momentos favoritos fue una ocasión en la que repentinamente sentí una presencia junto a mí cuando estaba leyendo en mi habitación después de que el último cliente se hubiera ido a casa. Había una periquita salvaje sobre el cable de la lámpara de la mesa, a unos quince centímetros de mi brazo. Ella se sentía completamente impasible, yo no le alteraba en absoluto. Pareció recobrar un poco de vida cuando la cogí, y aunque pude sentir con claridad que se estaba muriendo, de algún modo aún parecía sana y vibrante. Incluso dio algún saltito en mi mano, piando. Entonces, en un momento dado, me miró directamente a los ojos y a continuación cayo “muerta”; la respiración y el pulso se habían ido. Pero ella seguía allí, expandiéndose y recediendo suavemente en mi palma, como musgo saludablemente brillante alrededor de la madera muerta que era su cuerpo. Cuando conté a un amigo balinés algunas de estas historias, él me dijo: “Nosotros creemos que los animales así son humanos que hicieron algo malo en la vida anterior y han tenido que pasar una vida como animales. Por su pasado humano pudieron reconocer que eras un sanador que podía ayudarles.”

Hace diez días murió en India alguien que para mí ha sido un importante profesor espiritual. Tenía 89 años. Aunque sólo le conocía desde hace unos años, su manera de Ser había dejado clara para mí la futilidad y la absurdidad del pensamiento conceptual. Hace dos meses tuvo una caída, la segunda del año, y estaba postrado en cama. Llamó a todos sus alumnos a su alrededor y anunció: “Bien, ha llegado la hora de irse. Adiós y buena suerte, ahora todos podéis volver a casa.” Después gradualmente dejó de comer y beber hasta que su cuerpo dejó de funcionar. Los que permanecieron a su lado al final dijeron que en ningún momento mostró ni el menor rastro de miedo o preocupación respecto a la proximidad de la muerte. Sus últimas palabras fueron: “No existe tal cosa como iluminación o liberación (moksha). Lo creáis o no, no hay absolutamente ninguna diferencia entre vosotros y yo, o esa vaca que está en la calle. Simplemente no hay nada allí, y no hay ninguna diferencia en absoluto entre la vida y la muerte.”

3 de abril de 2007.


Para más información: Tel. 96 320 74 71 o email:  advaitia@advaitia.com

 

ADVAITIA

© 2008 advaitia.com