Cuando era muy evidente que me sentía
enfermo, en enero, sabía que estaba frágil y me senté una
mañana en la terraza de Duncton Mill, mirando el arroyo y
contemplando mi defunción: no por primera vez, ya me he
encontrado con ella antes.
Aquí es donde me senté.
Justo en la parte superior de la foto está el manantial que
alimenta este estanque, que se alza desde antiguos estratos
de pizarra. Este lugar es el hogar del original “hombre de
los campos de boj”, y Europa lo considera un enclave de
especial interés científico.
Aún no me he decidido
La piedra, los árboles, las suaves
colinas.
El agua, que se acumula en los pliegues, para servir al
callado molino.
Un lugar para descansar, o para sentarse, cualquiera de las
dos.
Contemplo la fuente, surgida de la blanca capa freática
Desde la que el agua fluye
Fría por venir de la tierra, pero pronto se calentará;
Vivificada por el poderoso sol, que, como un corazón,
Acelera el ritmo de la respiración.
Fuego, tierra y agua danzan
Y toman esta frágil forma mortal durante un rato;
Hasta que llegue la inspiración y, cansado de este antiguo
lugar,
De esta separación de la fuente,
Las partes se desenreden y, elevadas por el sol,
transportadas por el viento,
Vuelvan de nuevo a la infinitud de la Madre.
“¡Mira, hay un arcoiris!”
Hay una historia detrás de la imagen del
arcoiris, y la historia es que, durante mi formación en
Terapia Craneosacral en el Instituto Karuna, un día hicimos
una visualización guiada de la experiencia de nuestros
primeros momentos, en este caso, de la implantación en el
útero.
Mi recuerdo, mi “experiencia” era la de
ser una preciosa esfera azul contemplando en un estado de
gran felicidad tres arcoiris. Finalmente esto quedó borroso
por la necesidad de “seguir adelante en la vida”, pero la
primera y muy intensa imagen sigue siendo la de aquellos
tres arcoiris. Por tanto, éste es mi primer recuerdo.
Parecía muy apropiado que cuando tenga la
sensación de morir, una de mis últimas impresiones sea un
arcoiris.
El arcoiris es una imagen muy apropiada
tanto de la vida como de la muerte. Está allí, muy
claramente, en el cielo, incluso puedes fotografiarlo, pero
a otro nivel es una completa ilusión. Simplemente allí no
hay nada. Es como un pensamiento o sentimiento: es real a un
nivel, pero a otro nivel no es nada.
Lo mismo ocurre con nuestra existencia.
Yo soy real y, sin embargo, ¿dónde estoy ubicado? ¿En el yo
que plantea la pregunta? ¿Dónde está este yo? Hay una gran
diferencia entre plantearse esta pregunta filosóficamente o
intelectualmente y planteársela desde la quietud.
Poco después de escribir este poema, volé
a Florida y di un curso de cinco días en el precioso Centro
Atlántico de las Artes, en Smyrna Beach, Florida.
El curso fue bien y yo me vine abajo el
último día, después de haber volado de Orlando al aeropuerto
internacional de Miami.
Lo extraordinario a lo largo de las
semanas siguientes fue observar esta intangibilidad como de
arcoiris, especialmente en Florida, donde, de momento,
renuncié a seguir viajando. Justo en el mostrador donde
tenía que registrarme para volar a las Islas Galápagos,
estuve allí, de pie, y me di cuenta de que no podía seguir
adelante y esperar llegar con la misma forma. Me quedé en
Florida con dos amigos bondadosos, que por suerte sólo
estaban a tres horas de viaje en autobús, y observé cómo
todo mi ser y sus partes se des-membraban por una semana.
Fue una des-integración en el sentido literal de la palabra.
Fue como una desestructuración atómica. Mucho cansancio y
ningún miedo en particular.
Y entonces… una estructuración gradual.
Cómo o por qué… no lo sé. Debe haber llovido, y lo efímero
se reformó.
Los colores son brillantes, pero en
realidad allí no hay nada separado. He sabido esto desde
hace tiempo, pero ahora atesoro la experiencia.
Éste es un capítulo extraño, pero quería
escribirlo y me ha resultado muy difícil. Ahora mismo,
mientras envío esto, han pasado unas pocas semanas, y me
siento fuerte, y me siento muy vulnerable. Y esto hace que
me sienta bien.
Lo que sigue fue una rápida respuesta a lo anterior de
Gary Roba:
Vida, muerte y lo intermedio
Oír a tu profesor hablar sobre su
muerte tiene que hacer vibrar algo en lo profundo de ti. El
nacimiento y la vida nos informan de que “somos”, pero la
muerte nos enseña “qué” somos. Como señaló Mike, en este
campo se habla mucho del nacimiento, pero mi implicación
personal con la terapia craneosacral surgió de la muerte.
Hace diez años iba caminando por un bosque cerca de la
cabaña de mi abuelo en las montañas Pocono, cuando llegué a
un claro del bosque. Una pequeña ratoncita marrón estaba
descansando en un pedazo de tierra, en el medio, y algo me
llevó hacia ella. Me aproximé con el máximo sigilo que pude
hasta estar sólo a la distancia de un brazo, sintiéndome muy
sorprendido de que no saliera corriendo. Sentí una conexión
entre nosotros, y cuando estiré la mano para acariciarle la
frente, me lo permitió.
Después de algún tiempo la cogí y me
la puse en la palma abierta. Aunque estaba un poco excitada,
daba vueltas en círculo y me olisqueaba los dedos, no
parecía poner ninguna objeción. Sus piececitos y su nariz me
hicieron cosquillas en la piel cuando la llevé conmigo a la
cabaña. Me miró con curiosidad mientras ambos nos
balanceábamos en la mecedora del porche, y después pareció
tranquilizarse y descansar calladamente. Fue entonces cuando
me di cuenta de que se estaba muriendo.
Simplemente me senté con ella en
quietud, siendo testigo de su vida. A medida que transcurría
el tiempo, tomé conciencia de que podía sentir la energía
dentro y alrededor de su pequeño cuerpo. Era muy consciente
del movimiento de su respiración, particularmente a medida
que se acercaba el final y se hacía más laboriosa. Pero era
igualmente consciente de que su energía también estaba
respirando —muy muy lentamente— expandiéndose hacia fuera
durante aproximadamente un minuto, y después volviendo a
receder hacia dentro durante otro minuto más o menos. A
través de la sensación que me producía esa respiración
energética pude sentir que ella apreciaba que yo estuviera
allí acompañándole. Y después de aproximadamente una hora,
fue cuando finalmente hizo un último gran gesto con su brazo
y caja torácica, y tomó su último aliento…
…Pero ella seguía allí. La lenta respiración de su campo
energético continuó, sin reducción, incluso cuando la
respiración y el pulso habían cesado: lo que yo ahora
reconozco como “la marea larga”. Fiel a su nombre, esta
marea larga continuó durante mucho tiempo. Nos mantuvimos
allí juntos, en profundo contacto y presencia, y quedó muy
claro que la ausencia de los procesos corporales era
irrelevante para su Seidad. Finalmente “algo ocurrió”; se
produjo un cambio de algún tipo, su energía se separó de su
cuerpo y después flotó lentamente hacia arriba, hacia los
árboles y el cielo.
Aquella fue mi primera sesión craneosacral, aunque nunca
había recibido ninguna formación ni había puesto mis manos
anteriormente en nadie. La técnica que empleé para dar la
sesión fue idéntica a la que Mike enseña en todos sus
cursos. Es tan simple que la podría aprender un niño, tan
pura que un animal salvaje confía en ella, y tan profunda
para tender un puente entre la vida y la muerte.
Hace unos años me trasladé de la
ciudad de Londres a Bali, donde vuelvo a estar rodeado de
naturaleza. Desde entonces, de vez en cuando, algunos
animales se presentan cuando están preparados para morir.
Ellos continúan inspirándome y haciéndome sentir humilde por
el modo en que se desprenden de su cuerpo. Uno de mis
favoritos fue un bebé gecko [lagartija balinesa], que estaba
delante de mi puerta mirándome mientras yo terminaba mi
última lección del día [o al menos eso pensaba]. Para
asegurarme, me senté en el suelo a poca distancia y le dije
que si quería una sesión tendría que caminar hasta mí y
tener su intención clara. No es el comportamiento
característico de estas lagartijas balinesas, como podrás
imaginar, pero él inmediatamente caminó hasta mí y empezó a
empujar mi pierna con su cabeza. De modo que lo recogí: como
aún era joven, la mayor parte de su cuerpo cabía en mi mano,
y podía poner la otra mano sobre él. Pude sentir en su
interior que tenía los órganos internos dañados, debía
haberse peleado con otra lagartija; lentamente pareció
contarme la historia. Después me contó la historia de su
nacimiento. Y finalmente se asentó en la quietud. Sentí el
momento de aceptación dentro de él. Después hubo paz. Cuando
los procesos corporales finalmente acabaron, la Marea
permaneció, sin alteración. Sentí como si únicamente la
parte más pequeña de él se hubiera caído, como si
simplemente hubiera cortado la cuerda que le conectaba con
el ancla en el fondo del mar.
Otro de mis momentos favoritos fue una
ocasión en la que repentinamente sentí una presencia junto a
mí cuando estaba leyendo en mi habitación después de que el
último cliente se hubiera ido a casa. Había una periquita
salvaje sobre el cable de la lámpara de la mesa, a unos
quince centímetros de mi brazo. Ella se sentía completamente
impasible, yo no le alteraba en absoluto. Pareció recobrar
un poco de vida cuando la cogí, y aunque pude sentir con
claridad que se estaba muriendo, de algún modo aún parecía
sana y vibrante. Incluso dio algún saltito en mi mano,
piando. Entonces, en un momento dado, me miró directamente a
los ojos y a continuación cayo “muerta”; la respiración y el
pulso se habían ido. Pero ella seguía allí, expandiéndose y
recediendo suavemente en mi palma, como musgo saludablemente
brillante alrededor de la madera muerta que era su cuerpo.
Cuando conté a un amigo balinés algunas de estas historias,
él me dijo: “Nosotros creemos que los animales así son
humanos que hicieron algo malo en la vida anterior y han
tenido que pasar una vida como animales. Por su pasado
humano pudieron reconocer que eras un sanador que podía
ayudarles.”
Hace diez días murió en India alguien
que para mí ha sido un importante profesor espiritual. Tenía
89 años. Aunque sólo le conocía desde hace unos años, su
manera de Ser había dejado clara para mí la futilidad y la
absurdidad del pensamiento conceptual. Hace dos meses tuvo
una caída, la segunda del año, y estaba postrado en cama.
Llamó a todos sus alumnos a su alrededor y anunció: “Bien,
ha llegado la hora de irse. Adiós y buena suerte, ahora
todos podéis volver a casa.” Después gradualmente dejó de
comer y beber hasta que su cuerpo dejó de funcionar. Los que
permanecieron a su lado al final dijeron que en ningún
momento mostró ni el menor rastro de miedo o preocupación
respecto a la proximidad de la muerte. Sus últimas palabras
fueron: “No existe tal cosa como iluminación o liberación
(moksha). Lo creáis o no, no hay absolutamente ninguna
diferencia entre vosotros y yo, o esa vaca que está en la
calle. Simplemente no hay nada allí, y no hay ninguna
diferencia en absoluto entre la vida y la muerte.”
3 de abril de 2007.