ALIENTO DE VIDA
Conferencia realizada el 28 Y 29 de mayo de 2005 Reino Unido
por Mike Boxhall
En el folleto de esta conferencia dice: "La conferencia
explorará los factores clave que organizan nuestro funcionamiento
más allá de nuestra forma física".
Verdaderamente quiero entrar en ello y ver si podemos llevarlo
un nivel más allá preguntando: "¿Cómo funcionamos más
allá de toda forma?", y examinar si eso tiene significado y
cuál podría ser éste en la práctica terapéutica.
Revelación- intelecto o inteligencia, es el título que he
dado a esta pieza; empecemos viendo qué significan estas
palabras.
Revelación —definición tomada del diccionario—: el acto o
experiencia de revelar: aquello que es revelado: una apertura; una
experiencia iluminativa; comunicación divina o sobrenatural.
Intelecto, la mente, en referencia a sus poderes racionales:
dotado de la facultad de raciocinio.
Inteligencia: conocimiento: información comunicada.
Mientras juego un poco con estas palabras, me parece que
podríamos decir que la inteligencia es lo que está allí por ser
revelado, a muchos niveles diferentes, y examinaremos estos
niveles sobre la marcha.
El intelecto es una herramienta para racionalizar lo revelado.
Revelación es el acto o experiencia de tomar conciencia de lo
que es.
Inteligencia es que el planeta es redondo. Así es, siempre ha
sido así y esto siempre ha estado allí para poder ser revelado.
La revelación de que esto es así me llega, como una deducción
razonada o intelectual, cuando viajo 36 horas hacia el oeste a lo
largo del Ecuador y vuelvo al lugar donde empecé, justo debajo
del Monte Kenya. Después de una breve reflexión sobre cómo es
que llevo tanto tiempo viajando en una dirección y acabo donde
empecé, me digo a mí mismo: "¡Amigos, se debe a que la
tierra es redonda!" Merezco el Premio Nobel.
Si me llega la intuición de que es esférica, en lugar de
redonda y plana, tendré que viajar en otra dirección, esta vez
hacia el norte, y experimentar lo que ocurre entonces y hacer otra
deducción intelectual.
Este modelo es, en mi opinión, más o menos razonable o
aceptable. Simplemente delinea un proceso.
El principal problema asociado, tal como lo veo, es que lo que
está allí para ser revelado, es decir, la suma de la
inteligencia, está en expansión, como el universo mismo, a la
velocidad de la luz, digamos que a 671 millones de millas por
hora, en comparación con mi avión que vuela a 671 millas por
hora. Y todo eso tiene que ser interpretado, racionalizado, por un
cerebro del que sólo usamos un 15 % como mucho, y que, como en mi
caso, está perdiendo su capacidad analítica rápidamente. A esto
se le llama senilidad.
En el modelo cartesiano, donde el intelecto es lo más
importante, ¡estaría condenado! Y presumiblemente también lo
estarían mis clientes y alumnos conforme me hundo más y más en
la senilidad. ¡Una perspectiva general bastante insatisfactoria!
Esto, evidentemente, es el sufrimiento, la insatisfacción de
la que hablan los budistas. Por suerte, no está en mi naturaleza
estar abatido mucho tiempo. Echemos otro vistazo a las palabras
del título de la conferencia para ver si no hay algún modo,
algún camino, hacia el alivio de ese sufrimiento, y contemplemos
qué es y cómo trabajar con él.
Revelación: el acto o experiencia de revelar: aquello que es
revelado: una apertura; una experiencia iluminativa; comunicación
divina o sobrenatural.
Supongamos, entonces, que reconozco la limitación de mi
cerebro, su naturaleza menos que absoluta, y que acepto la
experiencia iluminatoria, es decir, lo que entra en mi conciencia,
o revelación, sin analizarlo. Simplemente lo acepto como es, una
experiencia, del mismo modo que acepto el color azul sin
analizarlo. Entonces, tal vez, si mi cerebro estuviera
suficientemente vacío para recibirlo, sin el análisis que une
unas cosas a otras, recibiría la experiencia de iluminación a la
que se refiere el diccionario. Iluminación en el sentido de
arrojar luz sobre, o revelar, lo que está ahí en este momento.
Inteligencia: conocimiento: información comunicada.
Supongamos que sólo recibo el conocimiento o información
comunicada, sin analizar eso. Lo que es comunicado es todo lo que
existe, lo recibido depende, al menos parcialmente, de la claridad
de la vasija receptora, en mi caso yo mismo: mi presencia, mi
conciencia. Mi conciencia dependerá en gran medida de hasta qué
punto he compostado mi experiencia de vida, no de cuántos datos
he incorporado a bordo. Compostar, me encanta esta imagen, es lo
que me permite estar abierto y en el presente. Si no estoy en el
presente, siempre soy víctima de otros y de otros escenarios.
¿Dónde deja esto al intelecto?
Fuera de la respuesta. Y, temporalmente, fuera de la ecuación.
La revelación sería recibida en una conciencia no-analítica,
no-enjuiciadora. Y el intelecto, temiendo resultar superfluo,
podría muy bien saltar de su superioridad dominante, masculina,
intolerante, y entrar en práctica compartida con la intuición,
el sentimiento y la sensación, los otros cuadrantes de la psique
que Jung postuló en el camino de individuación. Traducido de
manera aproximada, podríamos convertirnos en un ser humano total;
suponiendo, por supuesto, que haya un modo de incluir al
intelecto. Una de las cosas más interesantes que estoy
aprendiendo, es que no hay totalidad en la exclusión.
Quiero dejar las cosas claras y repetir que no estoy abogando
de ningún modo por el abandono del intelecto. Es una herramienta
tremendamente valiosa. Lo que digo es que en último término no
es quien yo soy. Uno de los peligros del mundo postcartesiano es
empezar a creer que lo soy.
Uno de los resultados de estar en este espacio impoluto sería
que mi verdadero ser, a diferencia del ego cobarde, defensivo y
enjuiciante, podría, como sugiere el modelo jungiano que sería
deseable, estar en práctica compartida con el yo que creo ser, la
forma en que me he convertido, y entonces podría surgir una
sinergia.
Ahora bien, ¿dónde estamos? Veamos.
Han surgido algunas preguntas:
1. El intelecto acostumbra a aparecer. Entonces, ¿qué haré
con las revelaciones que puedan surgir?
2. ¿Tenemos que hacer algo juntos la quietud y yo?
3. ¿Qué se hará y quién lo hará?
4. ¿Cómo sabré/analizaré lo que se ha hecho?
5. ¿Será bueno o malo, y cómo lo sabré?
Estos, entre otros, son los puntos que me propongo abordar en
el resto de la charla, bien directamente o por inferencia. En
algún momento es posible que trate de hacer que esto sea
relevante para la terapia/curación, y tal vez diga qué tiene
todo esto que ver con la Terapia Craneosacral, que pretendo
enseñar y practicar.
Definiré varios radios de la rueda y trataré de referirlos al
punto central, en torno al cual todos ellos se mueven, y a ese
punto central le daré el nombre de Espíritu. El Espíritu tiene
muchos nombres, algunos específicos de cierto modelo o
tradición, pero todo ellos son manchas oscuras sobre una hoja de
papel y meros conceptos intelectuales, a no ser que sean una
experiencia sentida.
Espíritu. Su primera definición, según el mismo diccionario,
es principio vital. Aquello que es la fuente de vida. El título
de esta conferencia "El Aliento de Vida", me habla del
Espíritu. Hablemos del Espíritu como aquello que subyace a toda
forma y de lo que toda forma deriva, y al entender esto, démonos
cuenta de que el cuerpo, la mente, los sentimientos, pensamientos,
deseos, e incluso el nacimiento, la muerte y el concepto y la
realidad de la reencarnación son, todos ellos, forma. Todos ellos
surgen del Espíritu.
Cuando hablamos del Espíritu, deberíamos hablar de eso que es
común a todos nosotros más que de lo que nos diferencia. Tal vez
sea esto la fuente de muchos de los problemas que nos rodean. Se
hace hincapié en la diferencia. Mi estilo de vida, mis ideas, mi
ciencia, mi comprensión y mi religión, incluso mi compasión, es
mejor que la tuya. Esto puede ser así a nivel del pensamiento y
el sentimiento, pero, ¿cómo podría ser así al nivel del
Espíritu informe? ¿No deberíamos prestar más atención a lo
que tenemos en común que a nuestras diferencias? Quizá eso
sería más útil.
Tal vez si recordáramos nuestra herencia con más claridad, el
hecho de que venimos a ser a partir de un conjunto de condiciones
que en sí mismas no son fijas. Cuando están presentes las
condiciones apropiadas, surge la forma, y cuando desaparecen las
condiciones adecuadas, la forma cambia. Y quiénes somos realmente
debajo de todas estas capas y capas de experiencia de vida
no-digerida —de las que llegamos a pensar que son lo que somos—
también es totalmente impermanente, entonces deberíamos poder
ver con más claridad, y no reaccionar tanto ante nuestra
incapacidad. Respondemos a las situaciones desde una serie de
hábitos. No a partir de una conciencia clara de lo que hay allí,
sino que generalmente hago esto porque hice lo otro. La noche
sigue al día, como decimos. Según mi personalidad, eso que me
hace diferente, respondo de tal o cual manera.
Si pensamos en ello, esto significa que nunca estoy
verdaderamente presente. A veces reacciono al pasado, a veces al
futuro. ¿Reacciono al futuro? Sí, claro, no hemos pensado todos
en un momento u otro que estaré bien cuando encuentre un trabajo
mejor, o simplemente un trabajo, cuando encuentre a un hombre o a
una mujer buena, cuando pueda costearme mi propia casa.... o
cualquier otra cosa. Muy pocas veces somos capaces de estar
verdaderamente presentes, y sin embargo ahí es donde está el
Espíritu, en el ahora omnipresente, inminente, no en algún otro
lugar, no ascendiendo alguna escalera que debemos subir.
Estamos llegando al punto crucial. El Espíritu está aquí y
ahora, en todos nosotros. Nosotros estamos aquí porque el
Espíritu ha encarnado. ¿Cómo vamos a integrar y mantener esta
conciencia?
Si el Espíritu no está sujeto al intelecto y, como
explicaré, eso no tendría sentido, entonces lo que queda no es
el objeto, algo que debo ir a buscar, sino el Sujeto, lo que yo
soy. Es mi naturaleza, que permanece oculta bajo esas capas.
El Espíritu, por tanto, es común a todos nosotros. Es la gran
comunalidad de la que todo surge y a la que todo vuelve —ad
infinitum— no hay nada que no sea Espíritu a un nivel, y
ninguna cosa puede dejar de ser Espíritu a otro nivel. Es lo que
soy cuando dejo de ser otro.
Ahora tengo que tomar una respiración profunda y hablar de
niveles.
Habitualmente hay tres niveles que designamos como Cuerpo,
Mente y Espíritu. La mayoría de la gente está de acuerdo en que
hay cierta jerarquía, en el sentido de que, como nos informa la
física, lo muy denso puede ser penetrado por lo menos denso, de
modo que el cuerpo puede ser penetrado por la mente —piénsalo—
y el Espíritu puede interpenetrar la mente. Nadie, que yo sepa,
sugiere que lo denso pueda interpenetrar en lo sutil. Dicho de
manera más simple, el nivel del cuerpo es el de la materia
sólida, los tejidos, la sangre, los huesos, etc. El nivel de la
mente es el de los pensamientos, sentimientos, emociones, etc. El
nivel del Espíritu es más difícil de definir pues, en esencia,
definimos en el nivel de la mente, pero hablemos tentativamente de
la conciencia directa o intuición no filtrada por el juicio.
Ken Wilber, que probablemente es quien más ha hecho por traer
el Espíritu a la órbita del intelecto, describe cuatro niveles.
Mente, Cuerpo, Alma y Espíritu, y los divide en cuatro
cuadrantes.
No obstante, y en esto están de acuerdo muchas autoridades,
tanto en su modelo como en los demás sólo hay un Espíritu. No
tu Espíritu ni mi Espíritu, sino el Espíritu: eso que se
expresa a través de todas las formas.
Pensar, sentir, comer, beber, el cuerpo, la mente, las
emociones, los bebés, la gente mayor, la gente sana y los
enfermos con sus heridas supurantes y juanetes, son
manifestaciones del Espíritu. Podemos equivocarnos gravemente
cuando decimos que el Espíritu está contenido en este o en ese
documento, o esta o la otra Iglesia o Templo. No puede ser
contenido; es el substrato absoluto.
Si continúo correctamente con mi argumento anterior, entonces
el Espíritu, que se manifiesta como forma en todas y cada una de
las cosas, no puede ser un objeto. Es el sujeto. Se manifiesta y
sigue siendo sí mismo. No es un objeto que ha dejado de ser él
mismo. Simplemente se manifiesta en una miríada de formas.
San Agustín dijo: La materia era informe hasta que recibió su
forma. Incluyo esta cita en parte porque estoy de acuerdo con
ella, y en parte para provocar a algunos amigos que podían estar
esperando una cita budista.
Y si el Espíritu es el sujeto, cómo puedo contactar con él
sin convertirlo en un objeto, ya que no lo es. La respuesta es muy
simple, bueno, más o menos simple. No puedo contactar con él,
pero puedo, de algún modo, convertirme en él. Ser consciente de
quien verdaderamente soy, en mi esencia, dentro de mis
contracciones personales y separadas, que he llegado a considerar
como yo mismo.
Ahora podemos volver al párrafo anterior en el que hablaba de
niveles. El Espíritu es. Yo soy. Como soy más denso, no puedo
penetrar y conocer el Espíritu. El Espíritu siendo más fino,
penetra o, más bien, viene a tomar forma, entre otras
revelaciones, como lo que mi limitada experiencia de vida me dice
que soy yo. Yo trato de ser el sujeto y creo objetos hasta el
punto de intentar crear lo informe y darme de bruces con una
muralla semántica.
Todos los objetos vienen y van, ¿cierto? A algunos les cuesta
más irse que a otros. El Everest, el planeta, mi vecino que toca
rock and roll... antes o después, todos ellos se irán, y eso es
lo que todas las cosas, y pensamientos y sentimientos, tienen en
común. ¡Todos se van! Yo también me iré, no sé cuándo,
quizá ya he sobrepasado mi fecha de caducidad, pero en cualquier
caso me iré. Y eso es lo más importante, cualquier cosa que haya
venido a la forma como yo, vendrá a la forma como alguna otra
cosa, antes o después. Cuando las condiciones sustenten otra
forma, habrá otra forma. No hay principio ni final. No hay causa,
sólo revelación.
No puedo dejar de reírme de mí mismo por intentar ser
lógico. No es lo que mejor me sale, y creo que en el modelo de
Jung probablemente soy un intuitivo, al menos eso es lo que
intuyo, pero debo intentar racionalizar para no quedarme
desequilibrado.
Mi lógica me dice que cuanto más puedo objetivar todas las
cosas, incluyéndome a mí mismo, más cerca estoy de lo
inexpresado, de lo no-dual, de eso de lo que surgen todos los
objetos: el sujeto.
Adonde quiero llegar es que, si todo es, en cierto sentido, no
concreto e impermanente, incluyéndome a mí mismo, entonces
también es impermanente la incapacidad, la enfermedad, el
sufrimiento y la inquietud. Si esto es así, entonces, ¿qué
herramienta voy a emplear para sentir alivio?
Pacientemente, mi intelecto, no sólo impermanente sino
también limitado, sólo puede dar una respuesta parcial. Es
decir, a menos que declare ser omnisciente y saberlo todo. Lo
mejor que puedo hacer en esta forma es tomar mis limitados
conocimientos y aplicarlos a mi limitada evaluación, llamarla
diagnóstico, y esperar un resultado parcialmente benéfico.
Nuevas reflexiones en torno a este pensamiento me llevan a
tomar conciencia de que, a menudo, ni siquiera el cliente sabe la
causa de su problema. Esto complica el problema.
Sin embargo, esto es algo con lo que trabajamos continuamente,
¿cierto? Estamos condicionados, creo, a pensar que ésta es la
única manera de proceder.
Actualmente tengo un punto de vista ligeramente diferente que,
si bien no es un absoluto, lo ofrezco como invitación a
considerar que es posible examinar las cosas desde otra
perspectiva.
Siguiendo el modelo de Groucho Marx, que dijo una vez:
"Nunca ingresaría en un club que me aceptase como
miembro", tengo mucho cuidado de quién trastea con mi
sufrimiento. Con mi sensación de insatisfacción, que, según
observo, también es impermanente. A veces, de hecho, todo es
perfectamente satisfactorio.
Supongamos que simplemente me quito del medio: yo, como
individuo, cambiando de objeto, y dejo que el Espíritu o la
Inteligencia, como opuesto al intelecto, se reforme, ajuste su
estructura tal como tiene que ser y tal como sucedía hasta que
mis diversas experiencias de vida mal digeridas se interpusieron
en el camino. Sería superinteligente dejar que la inteligencia
hiciera el trabajo en lugar de confiar únicamente en mi intelecto
y en mi conocimiento parcial.
Tal como lo veo, eso abriría la posibilidad del renacimiento,
ahora mismo, en el presente, en una forma que ya no estaría
modificada por mi experiencia de vida sin digerir. Creo, y hasta
cierto punto tengo la experiencia, de que el renacimiento no es lo
que ocurre cuando me caigo de mi rama, sino, más bien,
combinándolo con mi conciencia, lo que está pasando ahora mismo,
en el presente.
Dejadme leer un pequeño poema, y después retomaré qué hago
para apartarme del camino de la inteligencia.
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